Estos 31 criminales salieron de la cárcel con una única misión: asesinar al líder norcoreano

Invierno de 1968, en pleno auge de la guerra fría entre ambas Coreas, 31 sicarios norcoreanos se escapan a través de la frontera más protegida del mundo y llegan hasta una zona boscosa, detrás del palacio del presidente surcoreano. La misión fracasa y Corea del Sur clama venganza: nace la unidad 684.
La misión que tuvo lugar el 21 de enero de 1968 tenía como fin asesinar al presidente surcoreano Park Chung Hee. Tras el fallo, tres meses después los surcoreanos ya tenían planeada la vendetta. Reclutaron a 31 hombres, todos criminales que estaban en la cárcel, y los llevaron hasta una isla en el Mar Amarillo para llevar a cabo un entrenamiento especial.
Sólo así podrían ser capaces de intentar un misión, a priori, suicida. Debían pasar furtivamente por la frontera, adentrarse en Pyongyang, y asesinar al lídernorcoreano: Kim Il Sung. Esta fue su historia, la de la Unidad 684.

Los sicarios de Corea del Norte


Cuando terminó la Guerra de Corea, tras las negociaciones en 1953 entre la ONU y las fuerzas comunistas, el conflicto no acabó, al menos técnicamente. Esto hizo que la Península Coreana permaneciera en un continuo estado de guerra desde 1950 hasta prácticamente hoy.


Han pasado muchas “anécdotas” desde entonces, aunque pocas como la ocurrida a finales de los 60. En aquellas fechas, las dos Coreas se dedicaron a entrenar a equipos de operaciones para asesinar a cada uno de los líderes del bando contrario.
Primero fue Corea del Norte, quienes originalmente formaron la denominada como Unidad 124, compuesta por 31 soldados (realmente ejército de elite de la KPA). El objetivo de esta unidad era pasar por la famosa frontera DMZ, infiltrarse en la ciudad de Seúl, llegar hasta la Casa Azul, y asesinar al presidente surcoreano.
El entrenamiento de estos soldados convertidos en sicarios fue especialmente riguroso. Por ejemplo, debían correr cada día 80 kilómetros en temperaturas bajo cero. Los soldados eran fanáticos leales a Kim il-Sung, entrenados para usar todo tipo de armas pequeñas, cuchillos, incluso sus propias manos. El entrenamiento llegó a obligarles a dormir encima de cadáveres, una prueba que medía el valor de los hombres y los entrenaba ante lo peor.
Cuando el equipo estaba listo, la operación se puso en marcha. El 21 de enero de 1968 la Unidad 124 salía del campamento improvisado donde habían permanecido los últimos meses. De camino a Seúl fueron descubiertos por un grupo de hermanos de Corea del Sur. Los chicos, todos jóvenes, estaban buscando leña en las montañas, a unos 40 kilómetros al norte de la capital.
Tras su captura, los llevaron hasta el comandante, quien tuvo que decidir en pocos minutos qué hacer con los cuatro adolescentes que estaban amenazando la misión de sus vidas en la que llevaban dos años trabajando. El comandante decidió perdonarles la vida, les dio un discurso sobre los ideales comunistas, y los liberó después de que los jóvenes juraron lealtad al comunismo.




Kim Il Sung. Wikimedia Commons
Si embargo, aquello fue un truco para escapar. Tan pronto como se vieron libres, los cuatro hermanos bajaron la montaña y acudieron a la policía para alertar del comando.
El incidente retrasó la misión 48 horas, el tiempo que la unidad decidió permanecer escondida. Finalmente, el 21 de enero llegaron a la capital surcoreana. La unidad llevaba puestos los uniformes del Ejército de Corea y logró infiltrarse en los terrenos de la Casa Azul. De forma muy calmada, los sicarios pasaron varios controles de seguridad haciéndose pasar por miembros de la policía.
De repente, un centinela alertó de la presencia del grupo. Se inició un tiroteo y la Unidad 124 se vio acorralada. A las fuerzas de seguridad se sumaron rápidamente los guardias del palacio y la policía, cortando toda posibilidad de huida.
El día terminó con tan sólo dos miembros del equipo vivos. Uno de ellos, Pak Jae-gyong, consiguió cruzar la DMZ en Corea del Norte. De hecho, se convirtió en un héroe pasando a ser general de cuatro estrellas con el KPA. El segundo, Kim Shin-jo, fue capturado por los surcoreanos y desertó en 1970. Como resultado, sus padres y familiares fueran ejecutados por el KPA.
Sin embargo, el intento de asesinato no iba a quedar así. El presidente Park Chung-hee quería venganza, la cabeza de Kim il-Sung. Así que hizo exactamente lo mismo que sus “colegas” del norte, crear su propio equipo de sicarios. Nacía la Unidad 684.

Los sicarios de Corea del Sur





Militares norcoreanos en 1971. AP
La Agencia Central de Inteligencia de Corea (KCIA) formó la Unidad 684 tres meses después. El grupo debía infiltrarse en Corea del Norte y asesinar al líder norcoreano. La unidad estaba compuesta por 31 hombres, pero en lugar de ser los soldados de elite del ejército como sus vecinos, serían criminales sacados de las calles y la cárcel. De lograr el objetivo, serían indultados.
La unidad fue enviada a la isla de Silmido, una isla deshabitada a 50 kilómetros de la ciudad de Incheon, donde llevaron a cabo un duro entrenamiento. El trabajo fue tan duro e intenso que los tribunales surcoreanos dijeron años después que se habían producido violaciones de los derechos humanos.
Para que nos hagamos una idea, hasta 7 hombres murieron durante el entrenamiento, cifra que redujo el equipo inicial. Ocurre que, después de meses de horas de trabajo donde apenas podían descansar, después de, literalmente, sudar y sangrar casi a diario con los entrenamientos más sádicos imaginables, la Unidad 684 jamás obtendría luz verde para la misión.




Silmido
Las relaciones entre Corea del Norte y Corea del Sur comenzaron a mejorar en los años posteriores, y el presidente Park Chung-hee no consideró necesario un asesinato de alto nivel.
¿Qué ocurrió entonces? Que el 23 de agosto de 1971, los hombres de la Unidad 684 decidieron que habían esperado lo suficiente en Silmido. Mucho más de lo prometido por el gobierno al comienzo. Lo que sucedió después fue uno de los capítulos más sangrientos en la historia del ejército surcoreano.
La noche antes del levantamiento, diez oficiales compraron grandes cantidades de alcohol con el permiso de sus superiores, y procedieron a consumir la primera gota de los últimos años. Así, en la mañana del 23 de agosto, casi todos los oficiales estaban borrachos o con resaca mientras los hombres de la Unidad 684 esperaban el momento oportuno.




Fotograma de Silmido, la película basada en el unidad 684
A las seis de la mañana, la unidad irrumpió en la habitación de uno de los oficiales y lo mataron golpeándolo salvajemente en la cabeza con un martillo, antes de pasar al resto. Aquel día, sólo seis oficiales sobrevivieron al motín, los otros 18, de 24, fueron asesinados a sangre fría.
La Unidad 684 logró escapar en barco al continente y secuestraron dos autobuses con dirección a Seúl para matar a los hombres que les habían ordenado convertirlos en armas. Después de que el Ejército de Corea los detuviera, se produjo un tiroteo en el que todos, excepto cuatro, fueron asesinados o se suicidaron con granadas de mano. Los cuatro miembros restantes fueron declarados culpables por un tribunal militar. Pocos días después fueron ejecutados.
Después del incidente, la Unidad 684 fue cubierta por el gobierno surcoreano. El tiroteo había tenido lugar en Seúl, pero el gobierno afirmó que fueron “agentes comunistas armados”. Nadie sabía ni siquiera que la Unidad 684 había sido, en realidad, parte de la Fuerza Aérea de Corea del Sur o incluso del ejército hasta que la información empezó a filtrarse en los años 90.




Mapa que muestra la posición de Silmido. 
Luego llegó Silmido, una novela sobre la Unidad, junto a la posterior película bajo el mismo nombre que fue estrenada en 2003 y que ayudó a darle visibilidad y llamar la atención entre el pueblo surcoreano sobre lo acontecido con la Unidad 684.
Sea como fuere, el gobierno surcoreano no desclasificó de manera oficial un sólo informe sobre el grupo hasta el 2006. Posteriormente, en 2010 la Corte Central del Distrito de Seúl ordenó al gobierno pagar 273 millones de won coreanos a las familias de los hombres de la unidad.
El tribunal consideró que “los agentes de Silmido no estaban informados del nivel de peligro que entrañaba su formación, y la dureza del entrenamiento violaba sus derechos humanos básicos”. Además, reconocía el dolor emocional que el gobierno causó a sus familiares al no revelar oficialmente sus muertes hasta el 2006. 
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