Por qué hay millones de pequeñas agujas de cobre flotando sobre la Tierra en órbita geoestacionaria

En 1963, el ejército de Estados Unidos y el MIT concibieron un plan para crear un sistema de telecomunicaciones que los rusos no pudieran destruir o bloquear. A resultas de ese plan, la Tierra está hoy rodeada de una nube de millones de diminutas agujas de cobre que flotan a 3.500 km de altura.
Para entender qué llevó al MIT a pensar que era buena idea llenar el espacio de agujas tenemos que entender cómo eran las telecomunicaciones en aquella época. En los años 50 y 60 solo había dos maneras de establecer comunicaciones de radio a larga distancia. La primera era usar cable telefónico transoceánico. La segunda era hacer rebotar señales de radio en la ionosfera.
Desgraciadamente, este segundo método era muy poco fiable porque la estabilidad electromagnética de la ionosfera depende de la actividad solar. El alto mando estadounidense temía que los rusos pudieran cortar los cables transoceánicos y dejar las comunicaciones militares del país en manos de la caprichosa ionosfera.
En 1958, el profesor Walter E. Morrow del MIT propuso una solución realmente atrevida. Si la ionosfera era demasiado inestable, ¿por qué no crear una ionosfera propia? Había nacido el Proyecto West Ford o Proyecto Agujas (Project Needles).

Un anillo de millones de antenas

La idea de Morrow era poner en órbita una nube de pequeñas agujas de cobre de 178 milímetros de longitud y más finas que un cabello humano. Una vez dispersas formando un anillo, las agujas servirían de antenas dipolares y crearían una región sobre la que hacer rebotar las señales de radio de forma segura.
Al ejército le entusiasmó la idea. La primera tentativa tuvo lugar en 1961, pero el sistema de dispersión falló y los 480 millones de agujas de cobre se concentraron en cúmulos que no permitían hacer rebotar las señales de radio con efectividad. En octubre de 1965, un segundo dispositivo logró dispersar con éxito 125 millones de agujas que formaron un anillo en órbita polar a una altura de entre 3.500 y 3.800 kilómetros
Al principio fue bien. El proyecto logró un ancho de banda de 120 kilobits por segundo, suficiente para que las comunicaciones de voz fueran inteligibles. Desgraciadamente, Morrow no tuvo en cuenta la velocidad a la que las agujas podían dispersarse en órbita, y la calidad de la transmisión cayó en picado en muy poco tiempo. Después de cuatro meses, el ancho de banda del anillo de agujas era de solo 100 bits por segundo.

Protestas internacionales

El segundo problema es que el proyectó despertó una avalancha de críticas por parte de diferentes sectores. La comunidad de radioastrónomos expresó su preocupación ante la posibilidad de que la nube de agujas interfiriera con sus mediciones de objetos distantes. El diario soviético Pravda no dudó en sumarse a las protestas con un artículo en el que acusaba a Estados Unidos de contaminar el espacio.
El asunto llegó hasta Naciones Unidas, que llamó a consultas al embajador estadounidense Adlai Stevenson. Stevenson hizo un excelente trabajo documentándose sobre el proyecto y defendiéndolo. Su defensa era que, según los cálculos, las agujas irían perdiendo altura en unos años hasta desaparecer en su reentrada a la atmósfera.
Desgraciadamente, los cálculos no eran del todo correctos. Muchas agujas han desaparecido, sí, pero a día de hoy sigue habiendo miles de ellas, probablemente millones, en órbita. Muchas de ellas están agrupadas en cúmulos debido a fallos en el sistema que se usó para diseminarlas. Los cúmulos están registrados como basura espacial y pueden verse en aplicaciones como Stuff in Space, que usa datos oficiales de la NASA y la ESA.
El Proyecto West Ford termino por cancelarse por diferentes motivos. El primero es que no era muy efectivo, el segundo es que en esa época comenzaron a ponerse en órbita satélites como los Telstar (1962) que solucionaban los problemas de comunicación. En 1967, Naciones Unidas incluyó una cláusula en el Tratado sobre El Espacio Exterior que prevé que los proyectos de esta índole deban ser consultados previamente a la comunidad científica internacional. Es probablemente el único legado positivo de una ocurrencia que incrementó notablemente la lista de basura espacial que tenemos en órbita.

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