
San Francisco de Macorís.– Pierde hoy a un hombre inmenso, un visionario que no solo habitó esta tierra, sino que la dimensionó ante los ojos del mundo.
Con la partida de don Héctor Rizek Llabaly, la Ciudad del Jaya se queda huérfana de su principal referente, ese titán que logró que el nombre de su pueblo se pronunciara con respeto en las grandes capitales de Europa y Estados Unidos.
San Francisco no es la misma tras su paso; él la transformó de una región agrícola en un mapa global de excelencia, dándole a cada francomacorisano el orgullo de saber que desde sus entrañas sale el mejor chocolate del planeta.
El heredero de un sueño inmigrante
La historia de don Héctor no comenzó en una oficina de cristal, sino en la maleta de sueños de su padre, Nazario Rizek Rizek, quien llegó a estas tierras en 1895. Héctor no solo heredó una empresa; heredó la reciedumbre del hombre de campo. Aunque las aulas de la UASD lo formaron en Derecho, bajo la tutela de maestros como Joaquín Balaguer, el destino tenía un aroma distinto: el del cacao fermentando al sol del Nordeste.
Fue un hombre de contrastes armoniosos: podía sentarse en la Junta Monetaria a decidir el rumbo financiero del país, pero su corazón nunca abandonó el surco. Esa mezcla de tradición y modernidad fue la que permitió que un negocio, tildado de “pequeño” en sus inicios, se convirtiera en un titán que hoy provee a las chocolateras más exclusivas del mundo.
La firmeza ante la adversidad
Hubo un tiempo en que le dijeron que era demasiado joven para un préstamo. Pero don Héctor, con esa mesura que lo caracterizó hasta su último aliento, no dio un paso atrás. Aquellos RD$5 millones que logró conseguir tras una visita presidencial no fueron solo dinero; fueron el abono para una visión que hoy sostiene a más de 8,000 familias de pequeños productores a través de la Fundación Fuparoca.
Su vida fue un testimonio de que la riqueza real no se cuenta en monedas, sino en empleos generados y en el talento humano formado en instituciones como la Universidad Católica Nordestana.
Un legado para la eternidad
Don Héctor se despide dejando el estandarte en manos de sus hijos: Héctor José, Samir, Ela Sarah y Roxana. Ellos han tomado la antorcha de la innovación, transformando la materia prima en joyas como Kah Kow, pero siempre bajo la mirada guía de un padre que les enseñó que la ética es el activo más valioso de cualquier empresa.
Hoy, San Francisco de Macorís llora a su guía. Los estadios de los Gigantes del Cibao y Los Indios guardan un minuto de silencio por el hombre que creyó en el deporte como el alma de su pueblo.
Una herencia que pertenece a todos
Se apaga una vida, pero queda encendida una industria y un ejemplo de integridad. Al partir, don Héctor Rizek Llabaly deja un gran legado que deberá ser recordado por todos; una huella que trasciende las fronteras del Nordeste para instalarse en el corazón de la dominicanidad.
Hasta media mañana se desconocía si su cuerpo sería trasladado a esta ciudad, ya que su fallecimiento se produjo en Santo Domingo.
Se va el empresario, el filántropo y el esposo de doña Ela Sarah, pero queda el símbolo de un hombre que decidió que su tierra merecía la grandeza.
Paz a sus restos, y que el aroma del cacao siga contando su historia por generaciones.
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