
Las siete décadas del reinado de Isabel II estuvieron marcadas por su fuerte sentido del deber y su determinación por dedicar su vida al trono y a su pueblo.
Para muchos británicos, la monarca fue el único punto constante en un mundo que cambiaba rápidamente a medida que la influencia de Reino Unido declinaba, la sociedad se transformaba y el papel de la monarquía se ponía en entredicho.
Su éxito en el mantenimiento de la monarquía en tiempos tan turbulentos fue aún más notable si se piensa que en el momento de su nacimiento el trono no era su destino.
Elizabeth Alexandra Mary Windsor nació el 21 de abril de 1926, pero como hija mayor de Alberto, el duque de York, y Elizabeth Bowes-Lyon, no estaba en línea directa para convertirse en reina.
Su padre era el segundo hijo del rey Jorge V. El heredero era el primogénito David. En esos años, su sobrina Isabel soñaba con ser "una mujer de campo con muchos caballos y perros".
Pero una historia de amor lo cambió todo.
Heredera inesperada
Cuando Jorge V murió en 1936 David llegó a trono como Eduardo VIII.
Sin embargo, la mujer que este eligió como esposa, la estadounidense Wallis Simpson, quien era divorciada, fue considerada inaceptable para la monarquía por motivos políticos y religiosos, lo que provocó una seria crisis en palacio.
A finales de ese año, Eduardo VIII decidió abdicar a favor del padre de Isabel, un hombre tímido y nada atraído por la vida pública, quien a regañadientes se convirtió en Jorge VI.
Isabel entró en la línea de sucesión cuando la abdicación de su tío, Eduardo VIII, puso la corona en la cabeza de su padre, Jorge VI.
En un clima de tensión creciente en Europa, el nuevo rey y su esposa se dispusieron a restaurar la fe en la monarquía. Su ejemplo no se perdió en su hija mayor, quien como heredera inesperada comenzó a prepararse para un día ceñirse la corona británica.
Tanto ella como su hermana, Margarita, nacida en 1930, fueron educadas en casa y crecieron en un ambiente familiar amoroso.
Isabel tenía una relación muy cercana con su padre y desde muy pequeña mostró un gran sentido de la responsabilidad.
Ya antes de convertirse en primer ministro, Winston Churchill dijo sobre ella que poseía "un aire de autoridad asombroso en una niña".
Pese a no ir a una escuela formal, Isabel se hizo experta en idiomas y estudió detalladamente historia constitucional. Para que conviviera con niñas de su edad, el palacio creó un grupo especial de scouts: la Primera Compañía de Buckingham.
Esos años de aprendizaje estuvieron marcados por un evento que involucró a toda la nación: la Segunda Guerra Mundial.
De esta época se recuerdan particularmente sus mensajes de esperanza a los niños británicos y su escapada de Buckingham Palace, al término del conflicto, para celebrar con la multitud en las calles londinenses. También su enrolamiento en el Servicio Territorial Auxiliar, donde aprendió a conducir y reparar camiones.
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El encuentro con el príncipe Felipe
En 1939, la princesa de 13 años asistió junto a los reyes a una visita a la Escuela de la Royal Navy en Dartmouth.
Isabel y Felipe se casaron en 1947.
Ella y su hermana fueron acompañadas en el recorrido por uno de los cadetes, su primo tercero, el príncipe Felipe de Grecia.
No era la primera vez que se veían, pero fue la primera vez que se interesó en él. Su romance inició unos años después, con un intercambio regular de cartas e invitaciones a compartir con la familia real cuando estaba de permiso en la Marina.
Cuando Isabel puso en su tocador una foto de Felipe vestido en su uniforme naval, todos supieron que la relación iba en serio.
Pero tuvieron que enfrentar una serie de obstáculos. El rey se mostraba reacio y el príncipe griego tuvo que vencer la oposición de algunos cortesanos que no aceptaban su linaje extranjero.
Finalmente, los deseos de la pareja prevalecieron y contrajeron matrimonio el 20 de noviembre de 1947 en la Abadía de Westminster.
El duque de Edimburgo, título otorgado a Felipe desde ese momento, continuó con su carrera naval y fue destinado a Malta, lo que significó que, al menos durante un tiempo, la pareja pudo disfrutar de una vida relativamente normal.
Su primer hijo, el príncipe Carlos, nació en 1948, y dos años después llegó la princesa Ana. Andrés y Eduardo nacieron en 1960 y 1964, respectivamente.
La muerte de su padre
En enero de 1952, Isabel, con 25 años, y Felipe ocuparon el lugar del rey y la reina en una gira por África.
A esas alturas, Jorge VI padecía cáncer de pulmón en fase terminal, provocado por toda una vida de fumar en exceso.
El monarca, desobedeciendo los consejos médicos, fue al aeropuerto a despedirlos. Fue la última vez se vieron.
La pareja estaba en Kenia cuando llegó la noticia de la muerte del rey e Isabel regresó inmediatamente a Londres, ya como la nueva reina.
"No tuve un período de aprendizaje. Mi padre murió demasiado joven y todo se produjo muy repentinamente", recordaría tiempo después.
Isabel II fue coronada a los 26 años.
Una nueva era
Su coronación en junio de 1953 fue televisada y millones de personas la vieron. La reina tenía en ese momento 27 años.
Reino Unido aún sufría la austeridad de la posguerra y los analistas vieron la coronación como el amanecer de una nueva era isabelina, recordando a Isabel I, quien reinó por 45 años hasta comienzos del siglo 17.
La Segunda Guerra Mundial sirvió para acelerar el fin del Imperio Británico, y para cuando la nueva reina emprendió su primera gira como monarca en noviembre de 1953, muchas de sus antiguas posesiones, incluida la India, se habían independizado.
El príncipe alentó a la reina a "modernizar la monarquía".
A lo largo de los años 50, las antiguas colonias y dominios se unieron en la nueva Mancomunidad británica, que mantuvieron lazos de distintos grados con la Corona británica.
Convencida de la importancia de su papel como la mejor embajadora de su país, Isabel II viajó durante décadas por el mundo, visitando a gobiernos extranjeros o haciendo de anfitriona de jefes de Estado.
Como monarca constitucional, siempre se tomó con seriedad su derecho a consultar, aconsejar y advertir, pero nunca trató de sobrepasarse. Sabía que era jefa de Estado, pero no de gobierno.
Varios primeros ministros le reconocieron un gran manejo de información, al punto que Harold Wilson (dos veces primer ministro) dijo —al retirarse de la política— que el mejor consejo que le podía dejar a su sucesor era que "preparase bien su tarea" antes de la audiencia regular que mantienen los gobernantes con la reina.
Winston Churchill, quien sirvió bajo cuatro monarcas, se mostró impresionado por su conocimiento e ingenio.
De la monarquía a la familia real
A partir de los años 60, y alentada por su esposo, la reina comenzó a introducir cambios para adaptarse a los nuevos tiempos en que la sociedad británica y su actitud hacia la monarquía habían cambiado.
En ese contexto, poco a poco el término la monarquía fue reemplazado por el de la familia real.
La reina y Carlos, el heredero en su adolescencia.
A finales de esa década, Buckingham decidió que era necesario mostrar la vida del palacio de una manera menos formal y más cercana.
El resultado fue un documental de la BBC en que la familia aparecía realizando actividades normales que nunca antes se habían exhibido en público: una barbacoa, la decoración del árbol de Navidad, padres e hijos dando un paseo.
Algunos críticos dijeron que las imágenes destruyeron la mística de la realeza, pero sin duda el film contribuyó a aumentar el apoyo a la monarquía.
En 1977, el Jubileo de plata fue celebrado con entusiasmo en las calles.
El afecto por la monarquía parecía seguro y gran parte de eso se debía a la propia reina.
Año tras año, Isabel II siguió cumpliendo con sus deberes, viajando y promoviendo los intereses británicos.
Uno de los hitos de su diplomacia se produjo en 1991, tras la guerra del Golfo, cuando viajó a Estados Unidos y se convirtió en la primera monarca británica en abordar una sesión en el Congreso estadounidense.
Escándalos y desastres
Pero luego llegó 1992.
Ese año, una serie de escándalos y desastres comenzaron a afectar a la familia real.
Los matrimonios de tres de sus hijos, Andrés, Ana y Carlos terminaron en separaciones y en noviembre un gran incendio afectó al castillo de Windsor, la residencia favorita de la reina.
Parecía el símbolo de una casa real en problemas. Poco ayudó la disputa pública sobre quién debería pagar las reparaciones: el contribuyente o la reina.
Isabel II describió 1992 como su annus horribilis.
Lo que siguó fue igual de complejo, especialmente por la constante cobertura de los tabloides de los roces de la finalizada relación entre Carlos y Diana.
En un discurso pronunciado en ese tiempo, Isabel II insinuó la necesidad de tener una monarquía más abierta a cambio de medios de comunicación menos hostiles.
"Ninguna institución, ciudad, monarquía, lo que sea, debería esperar estar libre del escrutinio de aquellos que le dan su lealtad y apoyo, sin mencionar a los que no lo hacen", afirmó, "pero todos somos parte del mismo tejido social y ese escrutinio puede ser igual de efectivo si se hace con una medida de gentileza, buen humor y comprensión".
Luego, el Palacio de Buckingham se abrió a los visitantes como forma de recaudar dinero para pagar las reparaciones en Windsor y se anunció que la reina y el príncipe de Gales pagarían impuestos sobre los ingresos por inversiones.
La muerte de Diana
Sin duda, uno de los mayores golpes al reinado de Isabel II se produjo con la muerte de la princesa Diana en un accidente automovilístico en París en 1997.
La reina y el príncipe Felipe frente a las flores depositadas en Buckingham tras la muerte de Lady Di.
El inesperado fervor mostrado por los británicos causó en la prensa una ola de críticas a la monarquía.
Mientras el público se agolpaba en los palacios de Londres dejando flores en homenaje a Lady Di, la reina parecía reacia a darle la misma solemnidad que a otros grandes momentos de la historia nacional, y sentía que como abuela necesitaba apoyar a sus nietos William y Harry en la intimidad del círculo familiar.
Tras ser cuestionada desde algunos sectores, y en uno de los actos más claros de renovación de la familia real, afirmó en un discurso por televisión estar dispuesta a escuchar, rindió el homenaje a Diana que muchos de sus súbditos creían adeudado y prometió que la monarquía se pondría más en consonancia con los tiempos.
Pérdidas y celebraciones
Pese a las muchas crisis que siguió enfrentando, incluido el escándalo por el vínculo de su hijo Andrés con el empresario estadounidense Jeffrey Epstein -quien se suicidó en 2019 en prisión mientras esperaba un juicio por delitos de tráfico sexual-, y la decisión del príncipe Harry y su esposa Meghan Markle de apartarse de sus funciones como miembros sénior de la familia real, Isabel II demostró hasta el final que mantenía el control de la realeza firmemente.
Y que muchísimos de sus súbditos la respaldaban.
Millones de personas celebraron regularmente en las calles los aniversarios de su coronación y sus cumpleaños.
Momentos más felices: la monarca británica saluda a su pueblo al lado de su hijo Carlos, sus nietos y bisnietos.
El 9 de septiembre de 2015 se convirtió en el monarca de reinado más extenso de la historia británica, superando el de la reina Victoria, pero aseguró que el título "no erauno al que haya aspirado".
En abril de 2021, sufrió una de sus pérdidas más dolorosas: la muerte del duque de Edimburgo, el hombre con el que estuvo casada 73 años, y a quien ella definió como su fortaleza.
"Ha sido, simplemente, mi fortaleza y se ha quedado todos estos años. Yo, su familia y este y muchos otros países le debemos mucho más de lo que él admitiría y de lo que nunca sabremos", dijo la reina en 1997 refiriéndose a su marido.
En una imagen que dio la vuelta al mundo, la reina se sentó sola en el funeral del príncipe Felipe, marcado por las restricciones que imponía la pandemia de coronavirus.
Aunque al final de su reinado, la monarquía puede no haber sido una institución tan fuerte como lo era al principio, Isabel II estuvo hasta sus últimos días decidida a mantener un lugar de afecto y respeto en los corazones de muchos británicos.
Con ocasión de su Jubileo de plata, la reina recordó la promesa que había hecho durante una visita a Sudáfrica 30 años antes.
"Cuando tenía 21 años, prometí mi vida al servicio de nuestra gente y pedí ayuda a Dios para cumplir ese voto. Aunque ese voto se hizo en mis años de juventud, cuando estaba verde en juicio, no me arrepiento ni me retracto de una sola palabra".
Fue, de hecho, el símbolo de una nación.


El Palacio de Buckingham anunció la muerte de la reina Isabel II de Inglaterra. La monarca de 96 años falleció en el castillo de Balmoral, en los Highlands de Escocia, rodeada de sus familiares más cercanos. En las últimas horas habían viajado de urgencia hacia allí su hijo Carlos, y sus nietos William y Harry.
“La Reina murió pacíficamente en Balmoral esta tarde. El Rey y la Reina Consorte permanecerán en Balmoral esta noche y regresarán a Londres mañana”, publicó la familia real en Twitter.
Un dato alcanza para mostrar la dualidad que afrontó toda su vida la reina más longeva del mundo y la mujer. Isabel, para los que la amaban Lilibet, celebraba sus cumpleaños cada 21 de abril; Isabel II, para todos Su Alteza Real, festejaba su cumpleaños el segundo sábado de junio ya que la tradición la obligaba a coincidir con el desfile del Trooping the Colour. Una persona, dos cumpleaños.
Isabel Alejandra María fue la primogénita del entonces príncipe Alberto y su esposa Isabel. La beba nació por cesárea en 1926 y creció tranquila en la residencia de White Lodge. Muchos años después como reina habitaría en el Palacio de Buckingham con sus 775 habitaciones y pasaría los fines de semana entre el castillo de Windsor, el de Balmoral, el de Holyroodhouse en Escocia o su casa en Irlanda, el castillo de Hillsborough.

La hija primogénita del príncipe Alberto creció feliz y sin presiones. Sus padres se querían y la querían. Su abuelo, el rey Jorge V, ocupaba el trono británico y su tío Eduardo príncipe de Gales, era el heredero natural de la corona. En 1930, nació Margarita, quien se convirtió en su compañera incondicional. Su mamá y una institutriz impuesta por la reina Mary, se encargaban de su formación. Nada de matemática o Letras solo etiqueta y modales, pero al menos no un clásico de la época: economía doméstica. Apenas recibía una hora y media de clases por día.
En 1936, el rey Jorge V murió y el príncipe David ascendió al trono con el nombre de Edward VIII. Pero Eduardo estaba enamorado de la norteamericana (y divorciada) Wallis Simpson y renunció a la corona por ella.

Con apenas 10 años, la princesa, que a la tarde jugaba con su perrito Dookie y montaba a caballo, supo el significado de la palabra crisis. Fue un empleado del palacio el que le comunicó que su padre se acababa de convertir en el rey Jorge VI.
“¿Quiere eso decir que serás la próxima reina?” le preguntó la princesa Margarita. “Sí, algún día”, respondió Isabel. “Pobrecita”, se solidarizó su hermana menor. De princesa sin responsabilidades pasaba a ser princesa heredera; a su formación se le agregaron lecciones de caligrafía e historia de la monarquía y de la constitución británica. Para esa época comenzó a desarrollar una manía: colocaba sus lápices en líneas perfectamente rectas e igualmente espaciadas. Y hacia algo similar con sus platos de almuerzo.

Lilibet creció escuchando que ella era el orgullo de su padre y su hermana, la alegría. Más tarde y ya como Isabel II volvió a sentir esa dualidad entre la mujer y la reina. Como hermana comprendió que Margarita se enamorara de un hombre divorciado, pero como monarca no le concedió el permiso para que se casara con él.
Entre 1939 y 1945 se desarrolló la Segunda Guerra Mundial. El gobierno sugirió que la reina y sus hijas princesas se fueran a Canadá. “Las niñas no se irán sin mí. Yo no voy a dejar al rey. Y el rey nunca se irá”. Solo aceptaron dejar Londres para trasladarse a Escocia.
El 13 de octubre, Isabel dio muestra de por qué era el “orgullo” de su papá. Con solo 14 años habló para todos los niños por la radio de la BBC. En una sociedad donde las clases sociales son muy marcadas, ellas los llamó “amigos y compañeros” y les aseguró que sabía “lo que significa estar lejos de las personas que amamos y seremos nosotros, los niños de hoy, lo que tendremos que hacer del mundo del mañana un lugar mejor y más feliz”. En 1945 se unió al ejército y se capacitó como conductora y mecánica. Su compromiso fue tan impactante que con 18 años, las leyes fueron modificadas para que pudiera tomar decisiones si su padre se ausentaba o tenía algún problema de salud.

Fue en medio de la guerra que Lilibet conoció el amor. En una visita protocolar a la Universidad Real un cadete fue asignado a su cuidado y al de su hermana. Apareció Felipe, un joven alto y atlético que tenía el título de príncipe de Grecia pero no reino ya que se había abolido la monarquía.
Las princesas y el cadete se entretuvieron un rato, hasta que él saltó la red de la cancha de tenis. Dicen que en ese momento, la discreta Isabel, le dijo por lo bajo a su institutriz un: “Míralo cómo salta”. No lo dijo con tono de observación sino de enamorada.
Al terminar la visita, Isabel y su familia se subieron al yate real mientras Felipe las seguía en su bote. Imagine el lector esa escena. Un joven atractivo rema con el sol cayendo a sus espaldas. La visión era tan bella, que Isabel tomó un largavistas y siguió mirándolo, mirándolo y mirándolo hasta que se transformó un punto en el horizonte y en el hombre de su vida.
Asignado a la Armada Real, Lilibet y Felipe mantuvieron una relación por carta. Cada vez que a Felipe le otorgaban unos días de licencia lo invitaban a pasar esas breves temporadas en el Palacio de Windsor, aunque ni el rey Jorge VI ni la reina le hablaban al novio, a la pareja no le importaba. La princesa canturreaba por los pasillos del palacio People Will Say We’re in Love (La gente dirá que estamos enamorados) porque se sentía la mujer más feliz del mundo.
A regañadientes el rey aceptó al candidato. El 20 de noviembre de 1947, dos años después de terminada la guerra, Felipe e Isabel se casaban. El novio le regaló a su futura esposa un brazalete de diamantes y la promesa de no volver a fumar. Recibieron 10 mil telegramas de felicitaciones y 2500 regalos de todo el mundo. Isabel llevó un vestido realizado por 25 costureras y 10 bordadoras que, para dar ejemplo de austeridad, pagó una parte con cupones de racionamiento. A la boda asistieron dos mil invitados que quedaron impresionados con la seguridad de la futura esposa de apenas 21 años.

Fue la primera boda real transmitida a todo el planeta. Más de 200 millones de personas de todos los continentes escucharon la transmisión radial. Para no ostentar, los recién casados pasaron la luna de miel en el Reino Unido. No pareció importarles, se amaban. Un año después de la boda, el matrimonio anunció la llegada de su primogénito, Carlos.
En 1949 Felipe fue enviado a Malta. El matrimonio se instaló en Villa Guardamangia. Vivían felices, sin embargo Felipe de vez en cuando mostraba que detrás de sus ademanes de caballero había un hombre de temperamento complejo. “¿Es qué todavía no es suficiente?”, protestó harto de posar para unos fotógrafos. “Felipe, solo están haciendo su trabajo. Ahora que te casaste conmigo, tendrás que acostumbrarte” contestó la princesa que se impuso a la esposa.
En 1952, el matrimonio se encontraba de visita en Kenia cuando recibieron una noticia: el rey Jorge VI había muerto. Lilibet pasó a ser Isabel II, del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y de sus otros Reinos y Territorios Reina, Jefa de la Mancomunidad de Naciones y Defensora de la Fe. Con su cargo se convirtió además en la dueña de todos los delfines, ballenas y esturiones a tres millas de la costa del Reino Unido y de todos los cisnes del Támesis.
Isabel II subió al trono británico el 6 de febrero de 1952, pero la coronaron el 2 de junio de 1953 en la Abadía de Westminster. La imponente ceremonia la presenciaron ocho mil invitados y casi 27 millones de espectadores la vieron por televisión.

La monarca no lo sabía pero comenzaba el reinado más largo del mundo. La coronaron en una nación que en ese momento contaba con unos 50 millones de habitantes que vivían una sociedad con una fuerte diferencia de clases, donde los asesinos eran condenados a la horca, ser homosexual era ilegal y la inmigración masiva no existía.
En sus 69 años en el trono, Isabel II vio gobernar a 15 primeros ministros, 13 presidentes de Estados Unidos y 7 papas. Llegó al trono cuando Winston Churchill ocupaba la residencia oficial de Downing Street, Iósif Stalin estaba en el Kremlin, y Harry S. Truman en la Casa Blanca. Se va cuando la URSS ya no existe, un presidente de color llegó a Washington y un argentino es Papa.
La princesa que escribía largas cartas en papel se convirtió en una fan de la tecnología. En 1976 cuando internet era una posibilidad pero no una realidad mandó un correo electrónico por primera vez. En 1997 lanzó la web de la familia real. En 2011 hizo el primer streaming en directo en YouTube con la boda de Guillermo y Kate Middleton. Con la boda de Harry y Meghan Markle empleó una multiplataforma Twitter, Facebook y YouTube.

Pero además:
Mientras era princesa dio a luz a Carlos, su primogénito y heredero al trono. Dos años más tarde llegó Ana. Dejó su crianza en manos de institutrices porque recién coronada debió realizar una larga gira protocolar. Casi diez años después, llegó Andrés, su tercer hijo nació el 19 de febrero de 1960. Cuatro años después, el 10 de marzo de 1964, alumbró a su cuarto y último hijo, el príncipe Eduardo.
Como madre hizo silencio pero como reina incentivó a su hijo primogénito para que se casara con Lady Diana, la mujer que le convenía pero no de la que estaba enamorado. El matrimonio terminó en escándalo y divorcio.
En 1992 afrontó públicamente las separaciones de tres de sus hijos Carlos, Ana y Andrés y el incendio del castillo de Windsor. Lo llamó el “annus horribilis”. El único de sus hijos que no se divorció es Eduardo, que se casó con Sophie Rhys-Jones en 1999.

La reina Isabel II tiene 8 nietos, dos por cada hijo, y 12 bisnietos, que se dirijen a ella como “Gan-Gan” (quizá de great-granmother, bisabuela en inglés), pero que a pesar de ser parientes directos, no todos cuentan con un título real. Solo William, el hijo de Carlos y Lady Di, segundo en la línea de sucesión al trono es el nieto con más responsabilidades.
Se convirtió en la reina británica más antigua superando a su tatarabuela la reina Victoria, que tenía el récord a los 81 años.
Reinó en 16 naciones, es decir a 139 millones de personas que viven en los países de la Commonwealth, entre ellos Canadá, Australia, Las Bahamas, Belice y Nueva Zelanda.
Durante su reinado se fueron promulgadas 3500 leyes por el Parlamento. Asistió a todas las aperturas del Parlamento excepto en 1959 y 1963 cuando estaba embarazada de sus hijos el príncipe Andrés y el príncipe Eduardo respectivamente.
El 83% de las personas que viven en el Reino Unido no han conocido a otro monarca.
Su figura fue interpretada en al menos 100 películas y programas de televisión.

Presidió más de 600 ONG dentro del Reino Unido que abarcan desde el apoyo a jóvenes hasta la preservación del ambiente y la fauna. En su reinado confirió más de 404.500 galardones y honores y posó para 129 retratos oficiales.
En un año promedio, la reina organiza más de 50.000 banquetes, almuerzos, cenas, recepciones y fiestas en los jardines del Palacio de Buckingham. También es anfitriona de más de 8.000 personas.
Pionera del feminismo organizó los primeros eventos solo para mujeres llevados a cabo dentro del palacio de Buckingham.
Para el cargo de poeta oficial de la Corte aceptó a Carol Ann Duffy, la primera persona homosexual reconocida en ese puesto.
La que siempre en público se mostró con vestimenta colorida para ser bien visible para las personas que asisten a los eventos públicos o esperab verla.
Fue la monarca que apareció en el mayor número de monedas. Su rostro figura en el dinero de 35 países, supera a su padre, que estaba en las monedas de 19 naciones, y a su bisabuela la reina Victoria, en las de 21.
Recibió regalos insólitos como un oso perezoso, un jaguar de Brasil o un castor de Canadá, animales que se custodian en el Zoo de Londres.
Fue la primera soberana británica que, ante las críticas, optó por pagar impuestos y abrió al público el palacio de Buckingham.
Lilibet fue la única ciudadana británica sin permiso para opinar de política, votar, postularse a elecciones ni tener pasaporte pero aún sin pasaporte Isabel II fue la reina que visitó más de 100 países, la figura principal de la Iglesia en Inglaterra y la que jugó un papel ceremonial relevante en el gobierno del Reino Unido.
Al cumplir 21 años dijo: “Declaro que toda mi vida, sea ésta larga o corta, estaré dedicada a vuestro servicio”. Por eso jamás tuvo intención de cederle su lugar a Carlos, que se transformó en el heredero eterno.

Toda su vida defendió a rajatabla “lo primero es la obligación, lo primero es el país” por eso cuando el entonces primer ministro David Cameron, dijo que la monarca era “un ancla permanente, soportando las tormentas y sustentándonos en la certidumbre” ni el más acérrimo republicano se atrevió a contradecirlo. Su nieto, el príncipe William, siempre la sintió como un ejemplo de “deber y compasión” y de lo que él llama “su sentido innato de calma y perspectiva”.
El país en el que nació Lilibet no es el mismo donde muere Isabel II. Cambiaron las estructuras políticas sociales, económicas y culturales, pero en tiempos inciertos y de cambios constantes, la reina Isabel mantuvo su rutina invariable y siempre antepuso su responsabilidad como monarca a sus deseos personales. Tanto que cuando las cosas van mal, los ingleses no dudan en maldecir al gobierno, pero cuando van bien gritan orgullosos ¡Dios salve a la reina!








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