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10 nov. 2020

Por qué algunas personas nunca engordan aunque coman mucho





La calidad y cantidad de lo que se come, la genética o la actividad deportiva son factores importantes para entender por qué algunas personas no ganan peso y otras no son capaces de perderlo

¿Buscas respuesta a la pregunta de por qué algunos de tus amigos comen y comen y no engordan? O quizá perteneces al bando contrario, a ese minoritario grupo de personas que tiene que escuchar siempre el típico comentario (la mayoría de ocasiones con todo envidioso): «Ya está aquí la que se hincha a comer y no sube de peso». Pues bien, existe una explicación a por qué algunos individuos ingieren abundantes cantidades de comida y cuando se suben a la báscula no han aumentado ni 100 gramos.

Nuria Vilarrasa, experta en endocrinología y coordinadora del Grupo de Trabajo de Obesidad de la SEEN (Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición) asegura que aún no hay una respuesta para este «don» con el que «no todos han sido 'agraciados'», pero que sí hay que entender que, además de otros factores, el peso depende del equilibrio entre las calorías que se ingieren y las que se gastan; el organismo gasta unas calorías o energía para mantener sus funciones básicas (metabolismo basal). «No todos contamos con el mismo metabolismo: aquellos con uno bajo son más proclives con el mismo consumo de alimentos a almacenar la energía en forma de grasa porque no la gastan, mientras que los que cuentan con un metabolismo alto las consumirán y no las acumularán».

Y te preguntarás cómo un organismo quema esa cantidad de calorías y otro no. Pues bien, existe una cierta heredabilidad del metabolismo basal pero otros factores como la edad, sexo, la cantidad de masa magra o del músculo pueden afectar, así que no todo es tan simple como comer menos y hacer ejercicio. «Dos personas pueden hacer al día el mismo ejercicio físico y no quemar las mismas calorías porque existen variables interpersonales que les diferencia», dice Nuria Vilarrasa. Tampoco hay que olvidar que otros factores como el estrés psicológico o el escaso descanso nocturno pueden influir en el aumento de peso.

Esto explicaría por qué los expertos en nutrición y endocrinología ayudan a miles de personas a que adelgacen con ejercicio y una ingesta menor de energía para que no lleguen a la obesidad, pero otros factores, como ya hemos visto, les impide mantenerse en un peso fijo. Muchas veces es más importante la calidad de lo que comemos que la cantidad.

Genética, ¿divino tesoro?

Hay quienes están agradecidos con la genética que han heredado, pero para otros resulta un suplicio porque no están conformes por lo que esto acarrea: probabilidad de contraer ciertas enfermedades, capacidad mental, estatura, color de ojos... Aquellos cuyo cuerpo tiende a no engordar suelen estar satisfechos con este «regalo», y asegura la nutricionista Sara González que la genética juega un importante papel: «Tenemos una predisposición marcada por la genética a la hora del aumento de peso. Existen individuos con una predisposición fuerte a la ganancia de peso, otros con una predisposición leve, y otros resistentes a esa ganancia».

Una de las teorías para dar explicación a esta predisposición a la delgadez es la resistencia al llamado «gen ahorrador». Nuestra historia evolutiva está marcada por épocas de escasez alimentaria, donde el organismo, para optar por la supervivencia, genera reservas de grasa para así asegurarse la subsistencia. Explica la nutricionista que ese mecanismo de «atesorar grasa» está genéticamente más marcado en unas personas que en otras.

Cabe destacar que, tal como se ha mencionado anteriormente, esta tendencia genética no solo está basada en la mayor creación de reservas grasas, también influye en nuestra apetencia a determinados alimentos, nuestra facilidad o disposición para la actividad física, entre otras.

Otras variables

Otra de las variables que intervienen en nuestro peso es la regulación hormonal. Las hormonas están estrechamente ligadas a múltiples procesos que influyen en el peso. Uno de los más conocidos es la regulación del hambre y la saciedad.

«Existen sujetos que tienen ese mecanismo más optimizado. Son muy conscientes de estas sensaciones o su metabolismo contribuye a que la saciedad o el hambre aparezcan antes o después, en función de sus necesidades», revela Sara González, y añade que también interviene nuestro historial alimentario, acontecimientos estresantes, irregularidad en el sueño, etc. Por ejemplo, las personas que realizan más dietas a lo largo de su vida, desconectan más de estas sensaciones de hambre y saciedad.

Según la experta en nutrición, la microbiota también influye. En función de la calidad de nuestra microbiota, «podemos ser propensos a una mayor o menor absorción calórica». «Aquí intervienen factores genéticos, la alimentación de la madre durante el embarazo, nuestra alimentación en la etapa de crecimiento, al igual que la alimentación a lo largo de nuestra vida.

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