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16 ago. 2020

'El cristianismo tendrá poder'


Carteles políticos de Rob Driesen en su casa en Ireton, Iowa, el 3 de marzo de 2020. (Jenn Ackerman/The New York Times)
Cheryl Driesen, segunda desde la izquierda, y su esposo Rob rezan con sus hijos antes de cenar en su casa en Ireton, Iowa, el 3 de marzo de 2020. (Jenn Ackerman/The New York Times)
Cheryl Driesen, segunda desde la izquierda, y su esposo Rob rezan con sus hijos antes de cenar en su casa en Ireton, Iowa, el 3 de marzo de 2020. (Jenn Ackerman/The New York Times)

SIOUX CENTER, Iowa — Caminaron hacia el santuario en el gélido silencio antes del amanecer. Sus pisadas crujían sobre la nieve. Poco después, ya había cientos haciendo fila. Era enero de 2016, y el inesperado candidato republicano favorito, Donald Trump, estaba de visita en la ciudad.
Trump era el protagonista fanfarrón, malhablado y con tres matrimonios en su historial de “El Aprendiz”. Ellos pertenecían a una de las comunidades cristianas más conservadoras del país, con 19 iglesias en una ciudad de unos 7500 habitantes.
El discurso de 67 minutos que Trump dio ese día en la Universidad Dordt, una universidad cristiana en Sioux Center, se volvería tristemente célebre, se divulgaría de inmediato en las noticias por cable y sería invocado por sus críticos hasta el día de hoy. Sin embargo, la frase infame que acaparó toda la atención (la promesa de que él “podría pararse en la mitad de la Quinta avenida y dispararle a alguien” y que eso no le haría “perder ningún votante”) opacó otro mensaje esa mañana.
“Les digo, el cristianismo está bajo una amenaza tremenda, queramos o no hablar de eso”, afirmó Trump.
Dijo que los cristianos representan la abrumadora mayoría del país, y luego procedió a hablar de manera más lenta para subrayar cada palabra: “Y aun así no ejercemos el poder que deberíamos tener”.
Prometió que eso iba a cambiar si llegaba a la presidencia. Levantó el dedo índice.
“El cristianismo tendrá poder”, aseguró. “Si llego ahí, ustedes van a tener mucho poder, no necesitarán a nadie más. Van a tener a alguien que los representará muy muy bien. Recuerden eso”.
Nueve días después, con los caucus de Iowa inició la carrera hacia la Casa Blanca más polarizadora de la historia. Trump perdió a casi todos los evangélicos del condado de Sioux ese día: solo el 11 por ciento de los republicanos le dieron su voto. Pero cuando llegó noviembre, lo apoyaron en masa: el 81 por ciento del condado votó por él. Al igual que el 81 por ciento de los votantes blancos evangélicos a nivel nacional.
En la actualidad, este grupo podría ser su mejor opción para lograr la reelección. La respuesta del presidente a la pandemia del coronavirus ha debilitado su posición política: lleva un mes rezagado respecto a Joe Biden, el posible candidato demócrata, por una cifra de casi dos dígitos en las encuestas nacionales. Incluso entre los evangélicos blancos su índice de aprobación ha bajado un poco. Sin embargo, un 82 por ciento dice tener la intención de votar por él, según el Centro de Investigaciones Pew.
Para el observador externo, la relación entre los cristianos evangélicos blancos y Trump podría parecer desconcertante.
Desde el principio parecía ser una contradicción imposible. Durante años, los evangélicos se han definido a sí mismos como los votantes de los valores, personas que valoran la Biblia y la moralidad sexual —y amar a tu prójimo como a ti mismo— por sobre todas las cosas.
Trump era lo opuesto. Alardeaba de sus agresiones a mujeres. Se divorció dos veces. Basó su carrera en apuestas. Se rodeó de amigos racistas. Rara vez iba a la iglesia. Se negaba a pedir perdón por sus pecados.
Es una contradicción que se ha mantenido durante cuatro años. Siguieron a su lado cuando rechazó a los refugiados musulmanes, cuando separó a niños de sus padres en la frontera, cuando publicó insultos descarados en las redes sociales, cuando afirmó mentiras como si fueran verdades, cuando fue sometido a juicio político.
Las teorías y racionalizaciones al respecto abundan:
— Que el apoyo evangélico fue meramente transaccional.
— Que vieron a Trump como su mayor posibilidad en décadas de frenar el aborto legal.
— Que la oportunidad de nombrar jueces conservadores a la Corte Suprema era primordial.
— Que odiaban a Hillary Clinton o no tuvieron otra opción más que elegir el menor de dos males.
— Que votaron tapándose la nariz del asco, con la esperanza de que Trump hiciera avanzar sus prioridades políticas y cumpliera sus metas.
Pero debajo de todo esto hay otra explicación, una más cruda y fundamental.
Los evangélicos no apoyaron a Trump a pesar de ser quien es. Lo apoyaron por ser quien es y por quienes son ellos. Trump es su protector, el bravucón que está de su lado, el que les ofreció seguridad en medio de sus temores de que el país, tal como lo conocen, y su lugar en él están cambiando con mucha rapidez. Los matrimonios heterosexuales blancos con hijos que van de manera regular a la iglesia ya no son el tipo de familia estadounidense predominante. Todo un estilo de vida, en el que sus valores prevalecían, podría estar rumbo a la extinción. Y Trump ofreció devolverles el poder, como si no lo hubieran tenido todo este tiempo.
“Siempre estamos a solo una generación de perder el cristianismo”, dijo Micah Schouten, quien nació y creció en Sioux Center, recordando algo que un antiguo pastor solía decir. “Si no se lo enseñas a tus hijos, se termina. Se detiene ahí mismo”.
Ese discurso en Sioux Center simbolizó el porqué ha habido tanta confusión sobre el apoyo evangélico a Trump. Desde el principio, el mundo exterior se enfocó en el comentario sobre dispararle a alguien en la Quinta avenida. Pero los que estaban allí en la ciudad al final escucharon algo completamente distinto. Lo que importaba no era solo lo que Trump había dicho, sino dónde lo había dicho y a quién.
Así que, para entender esa relación, debemos remontarnos al 23 de enero de 2016. Debemos escuchar el discurso en Dordt de la manera en que lo escuchó la comunidad evangélica.
‘Una nación cristiana’
El día que Trump habló en Dordt, Rob Driesen se sentó en primera fila. En ese momento apoyaba a Ted Cruz. Pero ahora, cuatro años después, sus ojos brillan cuando habla de Trump.
Mostró dos fotografías enmarcadas. Una de él y Trump y otra de él junto a Mike Pence antes de que se convirtiera en vicepresidente.
“Creo que mi mayor preocupación es tratar de preservar nuestro país como era: conservador, con valores. Para nosotros eso es lo mejor que hay. Podemos hacer lo que queramos”, dijo Driesen, de 56 años, sentado en la mesa de su cocina junto a su esposa, Cheryl, de 52 años, esta primavera.
Driesen trabaja para una empresa de servicios públicos y su esposa es enfermera. Han criado cinco hijos en esa zona, la misma en la que crecieron.
La iglesia sigue siendo lo que realmente une a la comunidad. El día anterior, domingo, los Driesen habían ido a misa en la mañana y en la noche. Desconectaron el internet y apagaron sus teléfonos. Leyeron la Biblia.
Rob Driesen habló sobre las políticas públicas que eran importantes para él, los temas usuales de los conservadores: un gobierno pequeño, el fin del aborto, jueces que compartan sus opiniones políticas. “Familias tradicionales”, agregó.
“Desafortunadamente, hay más divorcios de los que solía haber”, afirmó. “Hay más cohabitación. Creo que es nocivo para la familia. De verdad creo que a los niños les va mejor en un hogar con dos padres, con una mamá y un papá”.
Su esposa se había mantenido en silencio, dejándolo que hablara. No asistió al discurso de Trump y la política no era lo suyo. Ahora era su turno de hablar.
“La parte religiosa es muy importante para nosotros, ya que sentimos que nos están quitando las libertades religiosas”, dijo Cheryl Driesen. “Si no crees en la homosexualidad o algo, pierdes tu negocio por eso. Y eso es parte esencial de tu fe. Yo veo a Trump defendiendo eso. De hecho, hizo esa orden ejecutiva para que la Biblia regresara a las escuelas públicas. Eso es algo que nos preocupa y nos importa mucho, nuestra libertad religiosa”.
Ellos quieren que sus hijos reciban una educación cristiana “para que no nos los adoctrinen con todas esas cosas diferentes”, dijo Rob Driesen. “Tenemos la libertad de enseñarles nuestros valores”.
“Por ahora”, aclaró Cheryl Driesen. “Ahí es donde vemos a Trump como una figura clave para seguir teniendo esa libertad”.
A Cheryl le preocupa que se obligue a la escuela a aceptar estudiantes que no sean cristianos o a contratar profesores homosexuales.
Ambos quieren que Estados Unidos sea una nación cristiana para sus hijos. “Comenzamos siendo una nación cristiana”, afirmó.
Los defensores de Dordt
Micah Schouten no puede recordar con exactitud por qué no fue a escuchar a Trump esa mañana. Probablemente estaba haciendo mucho frío o quizás estaba trabajando.
En aquel momento, apoyaba a Ben Carson. Pero Trump era una celebridad y la Universidad Dordt, a 10 minutos de camino, era el alma mater de Schouten. El nombre de la universidad proviene de una asamblea eclesiástica (sínodo) nacional de 1618 y 1619 que declaró que la salvación solo era para los elegidos de Dios y expulsó del territorio neerlandés a cualquiera que estuviera en desacuerdo. Sus estudiantes son “defensores de Dordt” y los representa un caballero en una armadura gris que empuña una espada como una cruz.
Así que esa noche, luego de que sus tres hijos se fueron a dormir, Schouten entró a YouTube para escucharlo él mismo.
Trump lo hizo reír enseguida. El candidato insultó a los medios. Dijo la frase sobre dispararle a alguien en la Quinta avenida. Pero lo que Schouten más recordaba era que defendió el cristianismo.
Un domingo de marzo, Schouten entonaba oraciones en la Iglesia Reformada Unida junto a vecinos que conoce desde hace muchos años. Todos se sabían las armonías de memoria. Eran un solo coro, en sintonía, sentados en bancos acolchados amarillos.
Cuando terminó la misa, la iglesia sirvió galletas. Schouten conversó un rato con algunos amigos, todos padres de familia de treinta y tantos años con camisas de cuello azules y pantalones caqui.
“Trump no pertenece a la élite política tradicional, al igual que todos nosotros”, dijo. “Puede que no respetemos a Trump, pero seguimos queriéndolo por ser quien es”.
“¿Es un hombre íntegro? Por supuesto que no”, siguió. “¿Defiende algunos de nuestros valores morales cristianos? Sí”.
La esposa de Schouten, Caryn, llegó con las otras esposas. Comentó que, tras la elección del presidente Barack Obama, el país parecía haber sufrido un cambio cultural. “Era peligroso expresar tu cristianismo”, afirmó. “Debido a que se nos veía como fanáticos y racistas, fuimos etiquetados como los odiadores y los que estaban causando todo el desprecio y los problemas en Estados Unidos. Culpaban a los creyentes blancos de todo”.
Cuando con los Schouten llegaron a casa, Caryn Schouten, de 36 años, sumergió una papita en crema agria para untar y se dejó caer en una silla de la sala.
Los años de la presidencia de Obama fueron confusos para ella. Caryn mencionó que oía hablar sobre darles libertades a las personas homosexuales y a los miembros de grupos minoritarios. Pero ella sentía que le estaban quitando sus libertades y que se estaba convirtiendo en la minoría.
“A mí no me encanta Trump. Creo que Trump es bueno para Estados Unidos como país. Creo que va a restaurar nuestras libertades, luego de que pasamos ocho años, si no es que más, viendo cómo nos fueron quitando lentamente nuestras libertades con el pretexto de darles libertades a todos”, afirmó. “Los estadounidenses caucásicos se están convirtiendo en minoría con gran rapidez”.
Caryn explicó a lo que se refería: “Si eres un estadounidense caucásico trabajador, tus derechos están siendo limitados porque se te ve como alguien que está en contra de todas las razas o en contra de las mujeres. O hay personas que creen que como tenemos valores conservadores y valoramos a la familia, y por el hecho de que yo valoro servir a mi esposo, debo estar en contra de los derechos de las mujeres”.
La línea hacia Lafayette
Se puede trazar una línea recta desde ese día en la Universidad Dordt hace cuatro años hasta un incidente reciente en una capilla en Washington, donde oficiales armados lanzaron gas lacrimógeno contra manifestantes pacíficos en la plaza Lafayette y les dispararon con perdigones de goma. Estaban abriendo paso para que Trump caminara desde la Casa Blanca hasta la Iglesia Episcopal de San Juan y mostrara una Biblia, una declaración de poder cristiano.
Dijo: “Tenemos el mejor país del mundo. Vamos a mantenerlo bonito y seguro”.
Ese fue otro momento tristemente célebre, divulgado por los medios noticiosos por cable y denunciado por los demócratas como una vergonzosa sesión de fotos. Pero en Sioux Center, muchos evangélicos de nuevo captaron un mensaje diferente, uno que evocó las palabras pronunciadas por un candidato presidencial poco probable en un santuario una fría mañana de invierno.
“Para mí eso fue genial. Trump está reconociendo la Biblia, somos una nación al abrigo de Dios”, dijo Micah Schouten. “Está dispuesto a pararse allí y tomarse una foto con la Biblia para que el país entero lo vea”.
Schouten añadió: “Trump estaba defendiendo el cristianismo”.
This article originally appeared in The New York Times.

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