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12 jun. 2020

Infidelidad y coronavirus: las razones por las que las parejas se engañan en plena pandemia





Al contrario de lo que se imagina, las personas todavía están logrando engañar, y los sitios de infidelidad ven un aumento en los usuarios que buscan encuentros desde la pandemia 
Las parejas casadas y comprometidas en cuarentena están peleando más; el conflicto más común: cuándo tener relaciones sexuales, de acuerdo con una encuesta realizada en abril a 1.200 parejas casadas y comprometidas que permanecen confinadas en sus hogares por la aplicación Lasting.
Solo el 18% de las parejas encuestadas informó satisfacción en la comunicación con su pareja, y la mayor fuente de conflicto fue la frecuencia con la que tuvieron relaciones sexuales, seguido de las decisiones de compra y luego el tiempo de teléfono.
El 40% de las parejas encuestadas informa que pasan más de 20 horas adicionales por semana con sus parejas como resultado del distanciamiento social. Esto significa que las parejas están haciendo un poco de todo juntas: maratones de televisión (71% de las parejas comprometidas, 54% de los casados), trabajando en proyectos en el hogar o cocinando. Sin embargo, la incertidumbre estimula emociones como la ansiedad y el estrés.
Para la mayoría de las personas encerradas y trabajando desde casa con sus parejas, es difícil imaginarse tener un minuto de paz. Pero, al contrario de lo que se imagina, las personas todavía están logrando engañar, y los sitios de infidelidad ven un aumento en los usuarios que buscan encuentros desde la pandemia.
“En la actual situación de confinamiento social, muchas parejas se enfrentan a una convivencia de tiempo completo -veinticuatro por siete-, no solo duermen juntos, sino que desayunan, almuerzan, meriendan, cenan, trabajan, cocinan, van de compras, limpian y hasta hacen actividad física juntos. Es posible, que para algunos esta escena algo atípica sea un pleno disfrute, una oportunidad única de compartirlo todo con el otro. Sin embargo, la lógica del todo, del full time, suele ser para muchos agotadora y complotar contra el deseo”, aseguró en diálogo con este medio la psicoanalista Agustina Fernández, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina.








"El tedio y el confinamiento producen la búsqueda de estímulos -muchas veces sexuales- que permitan trascender el encierro que, si bien es necesario, genera opresión y una necesidad de liberación" 
Para la especialista, “el deseo se enciende con lo que no se tiene, con aquello que falta, incluso con lo prohibido”. “El encierro obligado por la pandemia es vivido por muchos sujetos como un atrapamiento que les resulta asfixiante y el impedimento de salir les es subjetivamente insoportable. Son diversas las formas subjetivas de vérselas con eso, para algunos la respuesta aparece por el lado de la transgresión. El ‘salir transgresivo’ se convierte en aire fresco que los vitaliza. Y claro, dependerá de cada quién, si saldrá a caminar por la calle, a tomar café con amigos, a una partida de póker o los brazos de un amante”, añadió Fernández.
Si bien la cuarentena puede dificultar la conexión con una pareja extramarital, un aumento reciente en los nuevos usuarios de Ashley Madison sugiere que muchas personas están preparadas para el desafío. Según Paul Keable, director de estrategia de la compañía, el sitio promedia más de 16.000 nuevas suscripciones por día, en comparación con las 15.000 en 2019, y esos números parecen aumentar a medida que avanza la cuarentena.
Keable compara el aumento de la cuarentena actual con un aumento en las suscripciones de usuarios que Ashley Madison suele ver en las primeras semanas de enero, después de que un período prolongado de tiempo en casa con la familia durante las vacaciones puede haber expuesto y profundizado las fracturas que a menudo provocan que las personas comiencen saliendo fuera de sus relaciones primarias. “Lo que está sucediendo aquí es ese mismo tipo de fenómeno”, asegura, y agrega que espera ver que el tráfico del sitio continúe aumentando “exponencialmente” mientras persistan los bloqueos.
Por su parte, el sitio web Licit Encounters ha visto un aumento del 18% en la actividad de los miembros masculinos, y un aumento del 12% de los miembros femeninos en las últimas semanas. Más de la mitad de estos hombres dijo que había iniciado nuevos affaires en las últimas cuatro semanas, el 74% de ellos mencionó el “aburrimiento” como la razón para buscar nuevos amantes. El 46% de las mujeres se han puesto en contacto con una nueva pareja en ese momento, y la mayoría dijo que la crisis del coronavirus había expuesto la debilidad de su relación y les hizo darse cuenta de que necesitaban “un nuevo estímulo”.
De acuerdo la psicoanalista Fiorella Litvinoff, el tedio y el confinamiento producen la búsqueda de estímulos -muchas veces sexuales- que permitan trascender el encierro que si bien es necesario, genera opresión y una necesidad de liberación. “En estos casos, se suele buscar a un tercero para desplegar la sexualidad y las fantasías que se encuentran obturadas”, indicó la especialista en diálogo con este medio.








Si bien puede ser agradable imaginar que las condiciones de cuarentena vuelven a unir a los cónyuges engañosos o distantes, la realidad puede ser todo lo contrario (Shutterstock)
Si bien puede ser agradable imaginar que las condiciones de cuarentena vuelven a unir a los cónyuges engañosos o distantes, la realidad puede ser todo lo contrario 
Sabemos que la gente está teniendo citas virtuales en este momento, y está considerando el sexo telefónico y por videollamada para mantener vivas sus relaciones sexuales. Pero, ¿cómo se lleva a cabo una aventura cuando estás aislado o en cuarentena con tu pareja?
“Decir ‘voy a buscarme un amante’ o ‘estoy a punto de ser infiel’ no surge de un momento para otro. Las fantasías de infidelidad seguramente han aparecido tiempo atrás y es posible que solo hayan quedado en devaneos mentales sin nunca concretarlos. Si bien el encierro obligado y cada vez más largo no estimula el deseo sexual, sobre todo en las parejas que conviven, el home office o pasar mucho tiempo en Internet promueve además todo tipo de búsquedas, incluidas aquellas que permiten contactos con intereses de conocer a otras personas, simplemente seducir o con objetivos erótico/sexuales”, explicó a Infobae Walter Ghedin, médico psiquiatra y sexólogo.
Si bien puede ser agradable imaginar que las condiciones de cuarentena vuelven a unir a los cónyuges engañosos o distantes, la realidad puede ser todo lo contrario. Como sugieren las predicciones de un inminente pico de divorcio post-COVID, es probable que la cuarentena desafíe muchos matrimonios. “Esto no va a crear repentinamente mejores esposas y esposos simplemente porque están en un encierro forzado”, sostiene Keable. De hecho, a medida que los cónyuges que engañan pierden el acceso a la salida sexual y emocional de una aventura extramatrimonial, los matrimonios ya tensos pueden ser más propensos a ver una mayor tensión.
“La realidad es que si ya estabas buscando o involucrado en una aventura extramatrimonial, de repente estar obligado a permanecer encerrado con la persona de la que estás tratando de escapar no será beneficioso”, explicó en diálogo con InsideHook. “Esos problemas ya estaban allí, y antes, tenías una serie de distracciones para evitar pensar en ellos. Ahora no tienes ninguna de esas cosas. Por lo tanto, probablemente será peor para mucha gente".
En tiempos tensos, algunos se están volviendo fuera de sus matrimonios para una válvula de liberación. Algunos de estos adúlteros están esperando que se termine la cuarentena y solo se comunican en línea por el momento. Otros están arriesgando más, rompiendo las reglas de aislamiento del hogar para llevar a cabo relaciones extramaritales en persona. Sus pretextos disminuyeron drásticamente: las idas al supermercado y las caminatas en solitario son las últimas excusas restantes para salir de la casa.
Según Ghedin, “las clásicas justificaciones que escuchábamos antes de la cuarentena como ‘no me llevo bien con mi pareja’, ‘tenemos poco sexo’, ‘estoy cansado de tanta rutina’, hoy, en pleno periodo de confinamiento, son reemplazadas por el aburrimiento y la búsqueda de acciones que generen adrenalina, es decir, encontrar algo perturbador que sacuda la monotonía”.
“Los motivos de dicha infidelidad al pacto de pareja pueden ser muchos, como psicoanalista considero que es necesario pensarlos en cada caso. En principio esa infidelidad no depende del contexto -aún cuando éste pueda incidir-, sino de las características de personalidad de cada quien y de la modalidad vincular que cada pareja ha construido”, concluyó Fernández.
Aunque siempre es complicada, la infidelidad es aún más grande ahora, dicen los expertos. Hoy en día, los asuntos involucran varias capas de traición: los que se desvían no solo rompen los votos matrimoniales, sino que engañan a los cónyuges a través de una gran crisis global, posiblemente arriesgando la salud del esposo o la esposa.










(Ilustración: Brian Rea/The New York Times)

Uno de mis exes quiere saber cómo está mi nuevo perro. Otro pregunta si comerse tres hamburguesas con queso cuenta como ejercicio si lo hizo mientras descargaba la aplicación de Nike Training Club. Un tercero encontró un antiguo manuscrito mío.
A Dylan, mi ex más reciente, le preocupa sonar demasiado inmerso en el “espíritu de los tiempos” por contactarme por principio de cuentas, pero dados los tiempos —la pandemia, el hecho de que mi padre tiene asma y duerme con presión positiva continua en las vías aéreas— tiene curiosidad de saber cómo me va.
También he de confesarme culpable de querer interactuar, incluso si es solo con un nombre en la pantalla de alguien conocido.
Tiene que ver con una especie de cercanía. Mi amiga Jacqueline dice que “es como un tablero de Bingo de la pandemia”. Pero cuando podemos revisar en las redes sociales qué han estado haciendo los demás o simplemente confirmar que siguen vivos, ¿para qué molestar? ¿Para qué invocar el pasado?
Lo que realmente quería preguntarle a Dylan es qué hizo con las rosas. En febrero pasado, cuando se nos había hecho tarde para la reservación de San Valentín, metimos las rosas en su refrigerador y salimos corriendo. A la mañana siguiente, habíamos terminado.
En sus palabras, su personalidad era de andar aprisa. Raudo. Vas a algún lado. ¿A dónde? No te podía decir. Era listo, divertido y resuelto. Llevábamos juntos seis meses y lo iba a extrañar. Pero yo siempre había pensado que, sin importar lo agradable que fuera volver a estar en contacto, es más agradable no revivir viejos sentimientos de esperanza y desencanto. Así que por lo general opto por dar vuelta a la página.
Me gustas mucho, pero, por favor, no me escribas”, le había dicho a Dylan esa última mañana en la cama, relegándolo al “cementerio de los amores difíciles” en mi cabeza, un lugar cercado. Esperaba que él hiciera lo mismo.
Ahora, estábamos refugiándonos en casa con nuestras familias en estados diferentes y él se había salido del cementerio y de repente estaba de nuevo entre los vivos con un: “Oye, he estado pensando en ti”.
No quise responder.
En cierto sentido, era un retroceso. Dylan y yo acabábamos de empezar a salir cuando, durante un medio día entero, estuve muerto. Luego, volví a la vida.
Sucedió a fines de agosto, la ciudad todavía se sentía pegajosa por el verano. Acababa de regresar de casa de un amigo en Nantucket, para darme un descanso de todo: los correos electrónicos, los trenes, las palomas, las interminables llamadas automatizadas que ofrecían ofertas genuinas. El avión aterrizó y corrí a casa a darme un regaderazo antes de la cita para cenar que él había planeado. Iba a pasar por mí. Me gustó eso.
Nos sentamos al lado de la calle en una mesa con el aire fresco de la noche. El asfalto estaba húmedo; podíamos escuchar las llantas de los autos al pasar. Un taxi se detuvo y tocó la bocina. Me encantaba estar ahí, inmerso en ese sentimiento. Me pareció que estaba atento a todo, excepto la extensión de mis propios brazos. Con una exclamación, tumbé mi copa de vino.
“Demonios”.
“¡Oye!”, dijo Dylan con una carcajada, tomando una servilleta.
Una cosa que cae y la noche que se derrama. Nuestro mesero nos dio una ronda gratis y nos hizo un guiño de lástima.
Para entonces, ya había muerto. Había caído de espaldas a cuatro pisos de altura hacia una calle de la ciudad no muy diferente a donde estábamos cenando. No obstante, la noticia de mi muerte no me llegó sino hasta la mañana siguiente. Dylan, a quien se le hacía tarde para ir al trabajo, se apresuró a vestirse mientras que yo me quedé en la cama y volví a dormir.
Mi teléfono comenzó a sonar.
“¿Max?”, dijo Jacqueline. “¿Eres tú?”.
“No”, respondí con un bostezo. “Es Barbara”.
“¿Qué?”.
“Barbara Walters”, dije.
“Hablo en serio”, exclamó. “¿Estás bien? ¿Estás a salvo?”.
Me envió el artículo del New York Post. Abrí el link. Con el altavoz activado en la llamada, ella comenzó a explicarme la situación. Tenía razón: según el artículo, otro Max McDonough, de la misma edad que yo, había caído a su muerte desde la azotea de un edificio del Upper East Side mientras estaba en una fiesta la noche anterior.
“¿No es ahí donde vive el nuevo tipo con el que estás saliendo?”, dijo. “Estaba tan preocupada. Pensé…”.
Estuvimos de acuerdo en lo extraña y terrible que era la conciencia. Hablamos un poco más, nos pusimos al día y nos despedimos.
Así continuó mi día, tomé un café en el local de mi vecindario. Como era un día soleado, caminé hasta Central Park y de regreso. No quise contestar las llamadas entrantes de varios números desconocidos. Pensé que eran llamadas automatizadas, que me ofrecían condonar mis préstamos estudiantiles (ajá).
Mi compañero de apartamento estaba cocinando tocino cuando regresé a la casa. Dije: “Tienes que ver esto” y le mostré el artículo. Para entonces era tarde y ya se había actualizado.
¿Estás seguro de que no eres tú?”, dijo mientras el tocino chisporroteaba y explotaba. Luego, le cambió el rostro. “No, creo que definitivamente eres tú. Están diciendo que eres un ‘escritor borracho’ e incluyen un hipervínculo a tu sitio web”. Me devolvió el teléfono.
Me sentí un poco insultado, pensé que estaba haciéndose el tonto, pero era cierto. Desde la última vez que había revisado la noticia, el New York Post había actualizado el artículo para incluir mi información personal. Eso de “escritor borracho” eran las palabras que estaban escritas, no las de él.
Como por indicación de alguien, mi teléfono comenzó a sonar de nuevo. Otro número desconocido.
“Tal vez deberías contestar”, me dijo mi compañero de apartamento.
Contesté. “¿Diga?”.
“¿Hablo con Max McDonough?”, dijo una voz de hombre.
“Sí, soy Max McDonough”, dije. “¿Y usted es?”.
Pero, ¿está seguro de que es Max McDonough?”, espetó la voz.
Resultó ser el esposo abogado del cofundador de la empresa para la que yo trabajaba. Cuando por fin lo convencí de que sí estaba vivo, dijo: “Los informes de tu muerte son bastante exagerados”.
Luego, otra llamada, esta vez de mi jefa, llorando: “¿Qué diablos? Un reportero llamó a Recursos Humanos. Estaba en el parque con mis hijos y a punto de llamar a tus padres. Estoy temblando de pies a cabeza”.
“Pero todo está bien”. No supe qué más decir. “Aquí estoy, caminando de un lado a otro de mi apartamento. Pero gracias a Dios no llamaste a mis padres”.
Más tarde, en persona, le contaría todo esto a Dylan. Pero al momento, solo le mandé el artículo con el mensaje: “¿Estoy muerto?”. Era un buen reportaje, aunque sin final.
Claro, la contraparte de la historia era que el otro Max McDonough de 27 años, que en realidad había caído. Tenía una familia que de verdad lamentaba su partida. Tal vez estaban tan lívidos como mi propia familia por toda la confusión, la falta de integridad, la equivocación.
No estaba seguro de cómo hablar de todo esto antes de la pandemia. Me parecía un espectáculo sin sentido, lo cual me hacía sentir vergüenza. Me sentí culpable por los amigos que trataron de comunicarse conmigo, bromeando con que debería alejarme de los balcones, los barandales y los techos. No había hablado con algunos de ellos desde hace años. Me dijeron lo que yo significaba para ellos, les dio gusto que estuviera vivo. Mientras que, en otra parte, estaba otra persona que sí había muerto.
Lo inesperado fue que algunos de sus amigos también se comunicaron conmigo —me enviaron correos electrónicos y mensajes directos— aterrados, pidiendo una aclaración. Tal vez esperaban no recibir una respuesta mía, lo cual habría sido una buena noticia, ¿tal vez?
La vida sigue, el trabajo continúa, el clima cambia. Me vi inmerso en el enamoramiento con Dylan. Durante meses, los dos caminamos a todas partes. Ya fuera que todo estuviera bien, o no, caminábamos. Hasta Washington Heights, de regreso al río Harlem y luego hasta el Upper East Side hasta que nos dolían los pies.
En estas caminatas, en las que íbamos del brazo, no podía evitar preguntarme en qué calle había sucedido, de qué edificio había caído el otro Max. El Max que podría haber sido yo, pero que no era. Yo, en cambio, estaba aquí, con Dylan. Le sudaban las manos. Y, ¿a dónde íbamos? A una pastelería, a la estación del tren, al río, un beso, reservaciones para cenar, rosas en el refrigerador.
A esto me refiero con traer de vuelta el pasado. Es un círculo, del cual es difícil salir.
Me parece que, cuando anunciaron mi muerte, me di una pequeña idea de lo que la pandemia ha agudizado en todos: una dosis de incertidumbre, un recordatorio de nuestra mortalidad, una síntesis de lo que importa. Nos preocupa nuestra persona y nuestros seres queridos. Nos preguntamos de nuevas maneras: ¿qué significa para nosotros estar vivos?
Tal vez es por eso que los exes se están escribiendo. Todos tenemos esos momentos que reaparecen en nuestra mente de vez en cuando. Son específicos y fisiológicos y algunas veces, cuando tememos una pérdida, están por encima del ruido de la vida cotidiana.
No sé cuál sería el momento de Dylan. En mi caso, es la noche en que se publicó el artículo que anunciaba mi muerte, después del vino derramado, pero antes del taxi a casa, su risa en el aire húmedo, la luz cálida, el claxon perdido de un automóvil y la sensación de que algo estaba por pasar, algo importante, aunque no podía decir qué.
Me tomó unas horas decidirme a romper el silencio, pero ya sabía que lo haría. “También pienso en ti”, tecleé.

(c) The New York Times 2020

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