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El Clan del Golfo y su impacto en RD

Santo Domingo, RD
Aunque en el año 2016 el gobierno del presidente Juan Manuel Santos firmó un acuerdo de paz con dos de los principales grupos guerrilleros colombianos (FARC y EP), con lo que intentó poner fin a más de cinco décadas de violencia, lo cierto es que en Colombia persisten grupos paramilitares armados, generadores de violencia, buena parte de ella exportada a otros países vecinos como consecuencia de una de las principales actividades desarrolladas por no pocos de estos grupos: el narcotráfico.
Si bien en los últimos lustros, Colombia avanzó en políticas públicas dirigidas a combatir el crimen organizado, en un país determinado por el conflicto armado y la violencia del narcotráfico, graves problemas estructurales de esa sociedad y la inocultable falencia de sus vecinos de la región, especialmente los de Centroamérica y del Caribe, se han convertido en caldo de cultivo para el auge del macro y micro tráfico de sustancias controladas, de armas y la trata de personas.
Para tener una idea de los niveles de inseguridad que en el pasado alcanzó la sociedad colombiana, a principios de la década de los noventa la tasa de homicidios registró puntos críticos. De acuerdo con informaciones de la Policía Nacional, en Colombia se producían 79 crímenes por cada 100 mil habitantes, colocándolo como uno de los países más violentos del mundo.
Esa situación la producían cuatro actores: la guerrilla, el narcotráfico, los paramilitares (Autodefensa Unidas de Colombia-AUC) y la delincuencia común, muchas veces actuando con interconexiones. La cifra anterior, en el año 2011, se redujo a 36 homicidios por cada 100 mil habitantes, de acuerdo con las estadísticas manejadas por el Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses (IMLCF).
Los avances alcanzados por Colombia en la reducción del crimen y la violencia sirven, no obstante, de modelo en América Latina.
La violencia provocada por actores que aún persisten en sus actividades al margen de la ley, sigue aún ocasionando daños sociales en nuestros países, especialmente por las acciones de las actividades del narcotráfico. El tráfico de armas es punto aparte. Para tener una idea del volumen de producción de la hoja de coca a nivel mundial, su producción aumentó en un 56 por ciento en tres años (2013-2016), proveniente sobre todo de Colombia, “donde se genera la mayoría de la cocaína del mundo”, según el informe del IMLCF.
Perú y Bolivia ocupan segundo y tercer lugar en el cultivo de la hoja. Es Colombia, sin embargo, que concentra la mayor cantidad de hectáreas ilegales de hojas de coca con 143 mil, reportadas en el año 2016, con un 68 por ciento del cultivo mundial, luego está Perú con 43 mil hectáreas y un 21 por ciento de los cultivos mundiales y Bolivia con un 10 por ciento del total general.  
El Informe Mundial Sobre las Drogas del año pasado indica que “la mayoría del consumo de cocaína se concentra en Las Américas y que el número va en incremento”.
El expresidente de Estados Unidos Barack Obama se quejó en su momento de que “el negocio del narcotráfico comienza en los países que no cumplen con sus obligaciones internacionales de lucha contra el crimen en el continente americano”.
 En el informe especial presentado en el año 2016 por entonces presidente norteamericano incluía  en la lista “negra” a Bahamas, Belice, Bolivia, Colombia, costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras, Jamaica, México, Nicaragua, Panamá, Perú, Venezuela y República Dominicana.
La siembra para exportación en América del Sur ha sido objeto de políticas públicas de los gobiernos colombianos, peruanos y bolivianos, con el apoyo decidido de las administraciones norteamericanas, a los fines de “cortar de raíz el problema”. Pero ha empeorado.
Un informe de la Oficina de las Naciones Unidas Contra las Drogas y el Delito da cuenta que para el 2015, Colombia tenía sembradas 96 mil hectáreas de hojas de coca, para una producción de 646 mil toneladas métricas.
El Clan del Golfo y República Dominicana
 De ser un país puente de las drogas que se trafican hacia territorio estadounidense y europeo, República Dominicana pasó a ser consumidor porque parte de los cargamentos que pasan por el territorio, ya por vía marítima o por la frontera,  se queda como pago en especie a las organizaciones de micro tráfico.
La conformación de carteles de las drogas en América Latina sigue el patrón de las mafias en el resto del mundo. La manera como funcionan hoy día ha variado mucho en relación a la década de los noventa y ochenta cuando el reinado era casi exclusivo de un solo hombre: Pablo Escobar Gaviria. En estos tiempos hay multiplicidad de actores: políticos, económicos, nacionales, internacionales, legales e ilegales, que se torna muy difícil de controlar, aunque no imposible.
Todo el mundo sabe, por ejemplo, que tanto paramilitares como grupos guerrilleros, terminaron disputándose el control del negocio en las selvas y en los barrios citadinos de Bogotá, Medellín, Cali y el Norte del Valle.
Aunque el Clan del Golfo es uno de los grupos armados del narcotráfico que controla amplios territorios colombianos en la siembra y distribución de la cocaína, tiene características distintas en su funcionamiento a los carteles tradicionales que se conocen en ese país, México u otras naciones de América Latina.   
Esa banda criminal mantiene su hegemonía desde el año 2006, gracias a una estructura piramidal en ciertas zonas, en tanto en otras regiones opera integrada territorialmente. Se destaca porque en los años de operatividad demuestra una capacidad impresionante de adaptación en cuanto a las nuevas condiciones operacionales. Muertos dos de sus principales cabecillas y uno con un pie en el avión de las autoridades norteamericanas, el grupo local tendrá que recomponerse, como lo han hecho otros que representaron David Figueroa Agosto y el propio Toño Leña.
La organización criminal opera con 51 mandos regionales los cuales contribuyen a una fuerza de élite que se denominan “Autodefensa Gaitanistas de Colombia”.
Cada subgrupo contrata grupos locales delincuenciales o pandillas, como a la que pertenecía Miguel Angel Pana Andrioly, alias Toyo Curiche, que murió en un atentado a tiros el pasado 21 de octubre en Barranquilla, perpetrado por dos sicarios que le daban seguimiento.
El Clan del Golfo tiene una estructura autónoma, con capacidad militar y conocimiento territorial que le permite diversificar las actividades criminales, de las cuales provienen significativas utilidades para su mantenimiento.
Este cartel del Golfo tiene presencia en 279 municipios y 27 departamentos de Colombia, por encima de Rastrojos con presencia en 59 municipios y 18 departamentos, Aguilas Negras en 41 y 19 departamentos, Puntilleros en 21 municipios y 5 departamentos, entre otros.
El fortalecimiento de éste como de otros grupos criminales en Colombia, República Dominicana y otras naciones vecinas tienen un denominador común: las sociedades pasaron de ser rural-agraria a insertarse en la economía global sin cambios económicos ni institucionales que se tradujeran, además, en mecanismos de control social por parte del Estado, facilitado esto por autoridades que son cómplices por comisión u omisión.

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