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Los impactantes secretos que cuenta una empleada doméstica en EEUU

Durante dos años, Stephanie Land se dedicó a limpiar y adecentar las casas de los otros en Estados Unidos. Ese fue su trabajo. En verano, cuando el clima es más cálido, y en medio del crudo invierno.
Sin embargo, ni la dureza del trabajo ni los dolores que experimentó en su cuerpo fue lo que más la marcó. Meterse en la vida de todos los días de varias familias, sobre todo de gente de la clase media alta y la clase alta, resultó para ella un descubrimiento.
Ahora, en un libro que está siendo un éxito de ventas, cuenta muchas de sus experiencias. “Lo que he visto hace que nunca quiera hacerme rica”, declara esta mujer en un reportaje para la revista VOX.
Su trabajo lleva por título Maid: Hard Work, Low Pay, and Mother’s Will to Survive (La sirvienta: Trabajo duro, mal pagado y la voluntad de mamá de sobrevivir), y su mayor revelación es que, detrás del confort y el aire glamuroso que desprenden las familias como las que ella conoció se esconden toneladas de prejuicios, conflictos, adicciones, represiones y dramas familiares.
Land no esconde cuál fue su modus operandi: meter las narices, mientras limpiaba, en los papeles, los objetos íntimos y hasta los medicamentos de sus clientes. Y su revelación no puede ser más cruda: “la historia debajo del sueño americano”.
“Conté el número de píldoras que tomaban a la semana y cuáles de ellas ingerían por puro ocio -relata ahora-. Encontré pastillas para todo: ansiedad, depresión, insomnio, impotencia, alergias, presión arterial alta o diabetes”.
Lo otro de lo que muy poca gente habla, y que Stephanie Land pone encima de la mesa, es la situación de las miles de mujeres que se dedican al trabajo de limpiar las casas de los otros.
“Es un trabajo que nadie quiere hacer -reconoce además para el diario británico The Guardian-. Mientras estés dispuesta a ponerte de rodillas para lavar un inodoro, siempre podrás encontrar trabajo. Y nadie está tan desesperada como una madre soltera.”
“El país vive según el mito de que, si trabajas lo suficiente, lo lograrás -critica esta mujer-. Llegué al punto de sentir que si no lo estaba consiguiendo, es porque no estaba trabajando lo suficiente”.
De hecho, en otra entrevista, esta vez con la página www.salon.com, Land reconoce que en un trabajo como el que ella hizo, “no hay forma de ahorrar dinero” y que no se trata de una trampa para continuar siendo pobre, porque “el sistema no lo alienta a uno a mejorar”.
Porque son demasiadas las horas que hay que emplear en este trabajo, simplemente para sobrevivir, con muy pocas opciones de poder guardar algo.
“Estaba abrumada ante la cantidad de trabajo que tenía y que demostraba que era profundamente pobre”, recuerda ahora.
Antes de entrar en este oficio, Land se quedó sola y con una hija pequeña. Con cerca de 30 años tuvo que depender de la asistencia social e instalarse en un refugio, donde vio crecer a su hija, a pesar de los malos momentos, los toques de queda, la aspereza de los vigilantes nocturnos, la dependencia de los cupones para alimentarse…
Como empleada de una empresa privada, Land cobraba seis dólares por hora y apenas tenía contacto con sus clientes. A diario, recuerda, laboraba en unas tres casas.
En medio de esta situación abusiva, ella fue víctima además de la precariedad, la inseguridad financiera, los trastornos que acarrea el exceso de trabajo manual, el peaje psicológico que implica la educación de un hijo para el que no se dispone de mucho tiempo libre, y los batalla diarios para encaminarse, ella y su pequeña familia.
“No hay forma de ahorrar dinero, y tampoco hay forma de presupuestar y planificar para el futuro, porque todo es muy cotidiano y simplemente estás luchando”, dice.
Pero lo más crudo fue, como empleada que se convirtió en escritora descubrir la vida del otro, comprender cuánta miseria hay detrás del confort de muchas familias supuestamente estables y felices.
“Dejé de espiar -reconoce para VOX-. No tuve más necesidad de hacerlo. Cuanto más grande era la casa, cuanto más trabajaban para comprarla, más medicamentos tenían. Comencé a entender que no podía permitirme comprar productos electrónicos de lujo para mi hija. Fuimos a la playa y buscamos cangrejos debajo de las rocas. Pasamos los sábados lluviosos haciendo un rompecabezas de 25 centavos”, confiesa.

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