La mujer que no era un libro en blanco

Esta es la historia de una paciente de PACAM, ahora capaz de entender qué vivió y deseosa de compartir cómo dejó atrás una vida que no era la que debía vivir.
N. tiene 31 años. Es alta, muy delgada, risueña. No tiene inconveniente en contar su historia, desde el anonimato. Ahora puede situar cada evento, cada situación en la categoría que corresponde. (Con permiso de Tolstoi, todas las historias de violencia se parecen. Todas las de supervivencia son felices a su modo.) La de N. es así - igual y diferente a todas- y retrata a una mujer extraordinaria y con tantos recursos internos que el futuro que merece se le abrirá. Ya lo peor ha pasado.
Ahora, sola con sus dos hijas, es capaz de entender cómo es la vida sin una persona controladora a su lado. “Tengo esta paz, esta tranquilidad. Leer un rato, acostarme a la hora que quiero... esa sensación de libertad es la que todavía me emociona”.
Ya hace un año que tomó a sus dos hijas menores en brazos y salió de casa. Tras otro episodio de amenaza de su integridad física entendió que sus hijas ya estaban en el camino de crecer leyendo el mundo como no debían. Y por consejo de su hermana menor, se acercó a PACAM pidiendo asesoría por sus niñas. No por ella, nada inusual. Muchas llegan
Su historia es la de muchas: joven de 18 años queda embarazada. Su novio es siete años mayor. Ella no encuentra el apoyo de su familia, se une a él y su vida da un vuelco. Se acabaron los planes de futuro, la boda imaginada a los 25 años, una carrera profesional. Con miedo, sin trabajo y sin entender muy bien cómo... arrancan los peores 10 años de su vida. Puede hablar de ellos en pasado.
“Una vez le pregunté qué es lo que le había enamorado de mí. Me dijo que “eres un libro en blanco“. Luego lo entendí, él quería escribir su historia... pero utilizándome a mi.“
-¿Qué hubieras querido que tu entorno hiciera?
Que me hubieran dicho que no había falta que me casara, que me dijeran que ayudarían con la bebé, que me acogerían en la casa. Se me cayó el mundo. Ahora mi relación con mi mamá es mejor, y dentro de sus posibilidades me ayuda. Mi hermana es un gran, gran apoyo.“
-¿Tus amigas...?
Mis amigas casadas eran tan infelices como yo. Sus parejas eran mujeriegos, tenían amantes, hijos en la calle, cosas así. Y entendían que eso era lo que teníamos que aguantar. Que eso es lo que toca. Mis amigas solteras no querían ni oír hablar de casarse.
-¿Reconoces en otras mujeres signos de violencia?
¡Claro! Ahora veo señales en compañeras de trabajo o gestos en mujeres que están con su pareja en público, o en amigas... Sé lo que viven porque veo cómo tratan de ocultar algunas cosas. Como reírse como si fuera una broma cuando él se burla de ella, por ejemplo.
-¿Qué te hizo pedir ayuda?
Yo venía leyendo libros de autoayuda. Él se burlaba y me decía que cuidado con volverme una loca y esas cosas... pero yo sabía que había algo más.
Decidí hacerme un tatuaje. Una libélula, porque son frágiles pero vuelan muy alto. Iba ya en camino y pensé “Dios mío, si el tatuaje me va a traer malas consecuencias, mándame una señal para no hacérmelo, como que me llame y me diga “¿dónde estás?“ como hacía cincuenta veces al día. Pero me llamó dos veces y ninguna de las dos veces hizo esa pregunta, así que me hice mi tatuaje. Era mi regalo de 30 años para mi misma“.
-Sabías que el tatuaje traería problemas. Era un desafío.
¡Sí! Ríe. Algo venía creciendo dentro de mí, sabía que había algo más, que esa no podía ser mi vida, que eso no podía durar para siempre.
Y sí. El tatuaje de una pequeñísima libélula le trajo los problemas que le hicieron temer por su seguridad y coger a sus dos niñas en brazos y salir de la casa. A punto de terminar las 22 sesiones del programa en PACAM, M. ríe espontáneamente, tiene planes de algún día comprar un apartamento para que sus hijas tengan un techo propio y “¡Jamás!“ es la reacción a la sugerencia de una hipotética futura relación de pareja.
La violencia física, la psicológica, la económica. Las identifica en el relato en primera persona de su propia vida. “Las señales estaban ahí, todo el tiempo, desde el principio..“ dice ahora que ha aprendido a verlas.
-¿Y por qué seguías con él?
Porque yo no me valoraba, porque creía que no me merecía algo mejor, que eso era la vida de todas las mujeres casadas. Porque mi madre me decía que no me fuera a loquear, que no me separara. Que con él tenía techo y comida. A mis hijas les digo que NO HAY NADA que justifique la violencia. Cualquier violencia.
Más de 800 mujeres han recibido ayuda este año en PACAM. Ayuda a sus heridas emocionales y psicológicas. Doctoras, juezas, esposas de militares, empresarias, mujeres humildes, sin profesión, con poca educación, de la capital, de los pueblos del interior. Con villa en Casa de Campo, con una pieza alquilada en un barrio.
Muchas historias (no todas) tienen el final feliz de la historia de N.
Violencia económica
¿Cómo se identifica?
El interfiere en tu trabajo para evitar tu independencia económica.
Le molesta que crezcas profesionalmente, pone trabas.
Tienes que darle cuenta de todo lo que gastas
Corta o bloquea la tarjeta de crédito para controlarte.
No aporta dinero para el pago de los gastos importantes de la casa, pero tiene dinero para sus gastos personales.
Solicita préstamos a nombre de los dos, pero las cuotas las pagas tú.
Todo lo que ganas es de los dos o para la casa. Lo que gana él es solo de él.
Pospone el pago del seguro médico, no aporta para el pago de los útiles escolares o la cuota del colegio.
Todas las decisiones importantes económicas las toma él. Tu opinión no cuenta.
Habla N.: “Primero no me dejaba trabajar. Una vez terminé de estudiar, no había trabajo que yo encontrara que él aprobara. Y nunca prohibiendo, sino manipulándome para que fuera yo misma la que lo rechazara. Siempre les encontraba un defecto. Hasta se ofrecía a darme el dinero equivalente al que cobraría con tal de que me quedara en la casa. Yo quería trabajar para poder mudarnos, porque donde vivíamos no había condiciones. El prefería vivir mal a que yo trabajara porque no quería que yo dejara de depender de él.
Nunca me dio dinero ni para ir al salón. Lo justo para la comida y tenía que explicarle peso a peso cómo lo había gastado. Incluso, él me inscribía en la Universidad y me traía los papeles. ”
Pero fue N. la que pidió un préstamo para poder mudarse a una casa mejor y la que hoy, un año después de separados, sigue pagando una deuda de 200,000 pesos que contrajo para la compra de un carro. “Mi libertad y mi paz valen más, lo sigo pagando porque estaba a mi nombre“. El se quedó con el carro.
Violencia psicológica
¿Cómo se identifica?
Tu pareja no te permite ni facilita que tengas amigos, visites familiares o participes en actividades tú sola.
Poco a poco te separa de tu familia. A veces, “para protegerte“.
Después de salir, te deja sola en sitios lejanos para que te sientas humillada y asustada.
No te habla, te ignora y te hace sentir invisible cuando quiere castigarte.
Te lleva y te recoge al trabajo, a clase, a casa de tus familiares, al supermercado. Controla todos tus movimientos aunque quieras ir sola.
Te hace sentir que vales menos que él y lo deja claro delante de terceros o de tus hijos.
Habla N. “Creo que en parte, yo misma me cerré. Como mi relación con mi madre no era buena, pensé que si me quedaba con él estaría segura. Nunca salía de casa, cuidando a las niñas. Si salíamos juntos, era porque íbamos a alguna actividad a la que él tenía que ir con pareja. El siguió haciendo su vida, su gimnasio, sus amigos...
Me sentía tan sola que no entiendo ni cómo aguanté, cómo conseguí acabar la universidad. Fue tan difícil y cogí tanta lucha que ahora mismo no sé cómo lo logré.
Me obligó a seguir estudiando recién parida, después de una cesárea, a los quince días ya tuve que ir a la universidad dejando a la bebé en un centro. Eso me rompía el corazón. Pensaba que era mejor morirme. Yo estaba consumida, seca. Tenía que acostarme a la hora que él dijera, todo lo que hacía en el día era esperar a que él llegara.
Me refugié en la religión y en esa religión no admitían uniones sin estar casados, así que nos casamos. Y ahí es que de verdad él creyó que tenía poder sobre mi, porque había firmado ante un juez y él era “el hombre de la casa“. Fue peor. Ahora controlaba algo más: mi religión.“
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