Cuando salen, los niños son puestos en cuarentena para evitar que contraigan infecciones por su debilitado estado de salud (o contagien a otros de los posibles patógenos que traen de la cueva). Luego son transportados a un hospital de Chiang Rai para una evaluación médica. Según las autoridades, tienen hambre pero gozan de buena salud.
Hoy en la cueva quedan cuatro niños y el entrenador, que se encuentra muy débil porque cedió su comida a los niños tras quedarse atrapado. Aunque no hay comunicación telefónica con ellos, los buzos les permiten mandar notas manuscritas a sus familias. Pipat “Nick” Poti, de 15 años, escribió:
“Mamá, papá, los quiero (y también a mi hermanita Toi). Si salgo, por favor llévenme a un lugar de barbacoa de cerdo. Los amo, papá, mamá”.