Pasaron los años y hacia finales de 1300 la fiesta que un día tenía a una cabra y varios tipos semidesnudos azotando a las mujeres como epicentro, se fue haciendo más dulce. Con el escritor Geoffrey Chaucer y con Shakespeare la fiesta abrazó al romanticismo y comenzó a ganar popularidad en Gran Bretaña y el resto de Europa.
Luego comenzaron a surgir las tarjetas de papel hechas a mano para felicitar y la tradición cruzó el charco para comenzar su camino en el Nuevo Mundo. Finalmente la Revolución Industrial terminó por darle el carácter que hoy todos conocemos y comenzaron a hacerse miles de tarjetas en fábricas en el siglo XIX.
Hoy la fiesta es más un negocio que otra cosa y, desde luego, nada que ver con lo ocurrido cada año en aquella gruta que originó todo.