Cómo murieron 844 pasajeros en 6 minutos si su barco aún no había zarpado: el desastre del SS Eastland de EE.UU

A menudo, cuando nos referimos a los peores naufragios de la historia, solemos nombrar al Titanic, o incluso al RMS Lusitania
Entonces pasamos por alto la tragedia vivida con el hundimiento del SS Eastland. ¿La razón? Posiblemente, nadie quiere recordar un desastre de esas dimensiones. Ni siquiera zarpó.
Ocurrió el 24 de julio de 1915. A pesar del clima fresco y húmedo de la mañana, los 2.570 pasajeros junto a la tripulación estaban dispuestos a comenzar el gran día en el mar. Todos juntos, apiñados a bordo del gran SS Eastland, en frente, el puerto, con cientos de personas despidiéndose de sus seres queridos en un ambiente festivo.
El Eastland era uno de los cinco buques fletados para llevar a los trabajadores de Western Electric y sus familias en una excursión de un día desde el centro de Chicago hasta un parque a través del Lago Michigan al sureste. Se habían vendido más de 7.000 entradas.
Sin embargo, en cuestión de segundos todo iba a cambiar drásticamente.

El embarque









Placa conmemorativa en el río de Chicago por lo ocurrido. Wikimedia Commons

Se trataba de un evento anual, por eso el barco estaba repleto de familias emocionadas por el día festivo. Cuando el buque alcanzó su capacidad de 2.570 pasajeros, se introdujo la pasarela y la orquesta del barco entró en acción en el salón de baile. Muchos comenzaron a bailar a pesar de las condiciones de hacinamiento, despreocupados por la pendiente cada vez más creciente de la pista de baile.
Aunque Erickson sólo había estado trabajando como ingeniero jefe durante unos meses, el tipo estaba familiarizado con la historia de los buques e incidentes similares. También pensó que la mayoría de estos casos siempre habían sido resueltos tirando lastre, por lo que vio poco motivo de preocupación.





Ocurre que la tripulación no tuvo en cuenta, o al menos no en su totalidad, los efectos de algunas modificaciones recientes en el barco. Los propietarios de la embarcación habían añadido algo de peso a las cubiertas superiores, incluyendo varios botes salvavidas adicionales y docenas de toneladas de hormigón armado en cubierta. En conjunto, estos factores elevaron considerablemente el centro de gravedad.
Mientras, en la sala de máquinas, Ericsson ordenaba para tratar de poner el buque en posición vertical. Temiendo que se hubiera enredado de alguna manera, envió a alguien al exterior para que comprobara el casco del contacto con el muelle.
Unos minutos más tarde, el SS Eastland se puso en posición correcta mientras dos de los tanques de lastre de estribor se llenaban. Con la situación aparentemente resuelta, el capitán Pedersen dio la orden de comenzar los preparativos para la partida. Se soltaron algunos de los amarres de popa mientras una masa de pasajeros se encontraba en el carril de estribor despidiéndose a lo lejos de la gente del muelle.

El accidente






Cuando los motores comenzaron a funcionar, el barco se inclinó otra vez, además y de manera muy clara, hacia babor. Los pasajeros no tenían ni la menor idea de lo que iba a pasar en unos minutos, muchos bromeaban respecto a la pendiente cada vez mayor de la pista de baile mientras las sillas se deslizaban lentamente por la cubierta.
Sin embargo, el estado de ánimo varió cuando los motores se detuvieron. Aquel silencio no podía traer nada bueno. De repente, el sonido de las botellas de cerveza que se estrellaban desde los mostradores resonó a través de los compartimentos. El tenue murmullo del comienzo dio paso a la duda y el desconcierto. Entonces sí, sonó la alarma del SS. Al parecer, el barco estaba empezando a “beber” agua del río a través de sus pasarelas portuarias.










Desde el muelle, el capitán del puerto instruyó al segundo oficial de la nave para que no soltaran más amarre hasta que el buque pudiera ser enderezado. La popa del Eastland empezó a alejarse lentamente del muelle, y los hombres y mujeres que se encontraban a bordo del buque veían como se movían sus talones mientras la inclinación aumentaba a unos 35 grados.
El caos se apoderó de la situación. Los platos derramados, las mesas deslizándose a través de la cubierta… Cuando la inclinación alcanzó un grado alarmante, el Capitán Pederson gritó que abrieran la pasarela a un miembro de la tripulación que estaba abajo. Los pasajeros entraron en pánico y comenzaron a no saber qué hacer desde las cubiertas inferiores donde llevaban a sus hijos, muchos hombres y mujeres desesperados saltaron de los costados del buque hacia el río y hacia el muelle.





Como explicó el escritor Jack Woodford, testigo directo de la escena:
Vi con estupefacción como el buque se giraba lentamente hacia un lado, como si fuera una ballena que va a tomar una siesta. No podía creer lo que veían mis ojos. Estaba ocurriendo amarrado a un muelle, en aguas perfectamente tranquilas, con buen tiempo, sin explosiones, sin fuego, nada. Pensé que me había vuelto loco.
El horror ya era palpable. Los pasajeros de la cubierta superior fueron arrojados al río, muchos de ellos clavados bajo el casco o hundidos por la estela del barco zozobrado. En el interior, los pasajeros en los compartimientos eran lanzados con fuerza. Algunos fueron aplastados por los refrigeradores o los pianos, otros murieron asfixiados, debajo de la pila de gente en pánico mientras que el agua entraba a toda velocidad por el interior.








Imagen: Wikimedia Commons

Los testigos se quedaron atónitos durante varios minutos, aquello era tan surrealista que no daban crédito. Luego reaccionaron arrojando cualquier cosa que flotara en el agua para las víctimas, algunos, los que sabían nadar, se lanzaron al río para ayudar. Un remolcador cercano también llegó para que la gente pudiera saltar sobre él. 





Mientras, en el interior de la sala de máquinas con, literalmente, el agua hasta el cuello, Erickson encontró los controles para encender los inyectores antes de escapar, lanzando agua fría en las calderas para reducir la probabilidad de una explosión. Luego subió por un conducto de aire y varios de los hombres que estaban en el exterior lo empujaron a la seguridad del lado expuesto de la nave.










La imagen sobre el río era dantesca. Cientos de personas tratando de salvar su vida, muchos sin saber nadar, sumergiendo el cuerpo que tenían a su lado para mantenerse a flote. Más tarde llegaron los equipos de rescate, quienes trabajaron para abrir agujeros en el casco mientras escuchaban los gritos de la gente que se estaba ahogando dentro. Aquellos últimos suspiros por mantener el aliento dieron paso a un silencio sepulcral. Pocos de los que estaban dentro fueron encontrados vivos, sin embargo, los hombres entraron en los compartimentos buscando desesperadamente signos de vida.
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Se establecieron morgues improvisadas en varios de los edificios de los alrededores. Los buceadores de la ciudad tardaron días en extraer todos los cuerpos, y los cadáveres fueron colocados en filas para ser identificados por miembros de las familias. En total, 844 almas perecieron en el desastre de Eastland, incluyendo 472 mujeres, 290 niños y 82 hombres. Sólo cuatro miembros de la tripulación del buque resultaron muertos.








Morgue improvisada tras el accidente. Imagen: Bettmann/CORBIS

Durante la investigación que siguió, se determinó que la tripulación del Eastland no hizo nada punible antes o durante el desastre, el accidente no ocurrió como resultado de sus acciones. El Tribunal de Apelaciones de Estados Unidos también determinó que los propietarios de Eastland, la Compañía St. Joseph-Chicago, no eran responsables de ninguna de las muertes resultantes del accidente.
Al parecer, a raíz del desastre del Titanic, el gobierno había promulgado una Ley que estipulaba que los buques de navegación marítima debían tener un número suficiente de botes salvavidas en la cubierta. Irónicamente, al cumplir con esta regulación, el Eastland pasó a tener un centro de gravedad más alto y una estabilidad reducida.
¿Por qué nunca se recuerda semejante desastre en los libros de historia? Es posible, como apunta el historiador Ted Wachholz, que la razón esté en los pasajeros, “eran todas familias inmigrantes y no había nadie rico o famoso a bordo a quién recordar”.
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