Los límites de la prensa

¿Qué responsabilidad tuvieron los medios de comunicación en la elección de Donald Trump? ¿Es su trabajo poner o quitar presidentes? Fenómenos como el Brexit o el auge de los populismos acotan la influencia de la prensa clásica


Para contestar a esa pregunta necesitaría una respuesta del tamaño de un libro. ¿Tiene algo más fácil?». Fue la contestación, vía correo electrónico, de Jack Shafer, uno de los más reputados analistas de medios de comunicación de Estados Unidos. Quisiera saber -insistí- si está de acuerdo con esa idea extendida de que Donald Trump ganó las elecciones gracias a la cobertura que hizo la prensa durante su campaña. «No estoy de acuerdo», terció, y se remitió a su artículo «Trump no fue un fallo de los medios».
Según el analista de «Politico», el 60 por ciento de los votantes acudió a las urnas con una imagen negativa del hoy presidente de Estados Unidos, pero aun así un 15 por ciento eligió su papeleta. Aunque el 63 por ciento no lo veía con el carácter adecuado, el 20 por ciento lo votó igualmente. Y del 60 por ciento que no lo consideraba cualificado para el puesto, el 18 por ciento terminó apoyándolo.
«La elección de Trump no puede reducirse a un “fallo” de una prensa “quebrada”», argumenta Shafer. «El periodismo, en el mejor de los casos, solo puede proporcionar una serie de avisos. Los votantes son libres de leer o ignorar las conclusiones de la prensa. 
E, incluso, de asimilar las informaciones y después votar en sentido contrario de dichas informaciones y de lo que ellos mismos creen. Ser estúpido es un derecho inalienable en una democracia representativa».
¿Por qué los votantes no tuvieron en cuenta las advertencias de los medios? ¿Son estúpidos los votantes o los estúpidos son los medios?
«A los periodistas y a quienes llevamos o hemos llevado las riendas de medios nos falta humildad -dice el peruano Diego Salazar, periodista y editor-. La mayoría hemos vivido durante demasiado tiempo de espaldas a nuestra audiencia, despreciándola incluso. Los periodistas jamás hemos entendido cómo es y cómo nos lee nuestra audiencia».
Quizá sea eso lo que está detrás de lo que Dean Baquet, director de «The New York Times», cree que ha ocurrido. Más que errores, declaró a «XL Semanal», no se ha medido bien el malestar del país: «Ninguno se dio cuenta de que un enorme porcentaje quería un cambio a cualquier precio».

Contrapoder

Fenómenos como el de Trump, el Brexit o el auge de los populismos, todos ellos inesperados para los medios clásicos, cuestionan la influencia de una industria que hasta ahora había conseguido marcar el paso. Que también haya ocurrido en EE.UU. es especialmente relevante, porque en ningún otro país la prensa tiene tanta importancia. No solo sus medios son un referente para todo el mundo, sino que son un pilar básico de la democracia estadounidense. Están protegidos en la Constitución por la Primera Enmienda, garante de la libertad de expresión, y se alzan como un contrapoder esencial a cualquier político con aires de tirano.
Pero los medios tienen sus límites. «Parece que muchos periodistas y lectores creen que el trabajo de la prensa es decirle a la gente por quién votar. Es más, que el trabajo de la prensa es poner o quitar presidentes. Y no, no lo es», dice Diego Salazar. «Es una pena que cuando los periodistas ven la película «Todos los hombres del presidente» (ese mito fundacional) lo que les quede sea esa épica de “oh, dos periodistas tumbaron al presidente”, en lugar de fijarse en el complejo y tedioso proceso de investigación, verificación y edición que muestra la película».
En EE.UU. la prensa tiene claramente diferenciada la opinión -donde marcan sus apuestas editoriales- de la información, donde «se reportea con más o menos objetividad». Y «los medios informaron sobre Trump», mantiene Salazar. Que la prensa hizo su trabajo, dice, lo demuestran por ejemplo las informaciones de David Farenholdt, de «The Washington Post», que ganó el Pulitzer por sus exclusivas sobre las supuestas donaciones de Trump a fundaciones de caridad.
Del mismo modo, el volumen de libros sobre el presidente de EE.UU. es incesante. En español o traducidos al español: «Trump, el triunfo del showman» (Encuentro), de Manuel Erice; «Trump, el león del circo» (El paseo editorial), de Francisco Reyero; «Trump: ensayo sobre la imbecilidad» (Malpaso), de Aaron James; «El show de Trump»: el perfil de un vendedor de humo (Debate), de Mark Singer... De ningún otro candidato se publicaron tantos títulos.
Son libros que, no obstante, no hablan de ese estadounidense blanco golpeado por la crisis, con ingresos bajos, sin estudios y que culpa a los inmigrantes de la falta de empleo. Esos que no se reconocen en las páginas de la prensa de calidad. ¿Se olvidó el periodismo de aquellos que han quedado fuera del sistema?

Trabajos premiados

Un vistazo a los trabajos premiados en los últimos años desmiente esta acusación. Matthew Desmond ha ganado el Pulitzer de no ficción por «Desahuciadas» (Capitán Swing), un impresionante retrato de los americanos que de mala manera pueden permitirse vivir en una pocilga. «The Washington Post» fue premiado en 2016 por sus reportajes sobre la violencia policial y en 2015 destacaron los diarios locales por contar las protestas raciales y la violencia doméstica. David Finkel, en «Los buenos soldados» y «Gracias por sus servicios» (Crítica), y Sebastian Junger, en «Tribu», han contado la dura vuelta a casa de los soldados. George Packer ganó el National Book Award por «El desmoronamiento» (Debate), una imponente crónica de 528 páginas sobre el declive de EE.UU. desde los años 70.
Nada que no contara Joe Bageant en «Crónicas de la América profunda» (Los libros del lince): «Cuando despertaron […], millones de votantes del Partido Demócrata norteamericano contemplaron un nuevo orden. El humo de las hogueras neoconservadoras se elevaba sobre todas las ciudades del Sur y del Este. Las peludas hordas del fundamentalismo cristiano, las legiones de obreros y campesinos blancos y de otras culturas visigodas se agitaban detrás de sus remotas trincheras. En las ciudades universitarias situadas en la otra punta del país, en San Francisco, Seattle y Boulder, en la más demócrata de todas las fortalezas demócratas americanas, la ciudad de Nueva York, y en cada rincón encapsulado y remoto de la América liberal donde se puede comprar un ejemplar de The Nation en el kiosko de la esquina, los demócratas se hundían en una profunda depresión a prueba de Prozac. ¿Qué había ocurrido en el corazón del país -se preguntaban-, en esas zonas del interior cuya iconografía apenas conocían a través de la televisión y las revistas?».
Bageant no habla de Trump, sino del día después de la victoria de Bush, en 2004.
La brecha existe. Por un lado está una élite liberal, una minoría de ciudadanos blancos y universitarios que desde su «perspectiva privilegiada» siguen viendo «a los trabajadores blancos como unos tipos cabreados, belicosos, intolerantes y felices títeres del imperio americano». En el otro lado hay 45 millones de trabajadores a quienes «la escuela les importa un bledo». Repudian la alta cultura. No tienen «tiempo ni experiencia para ocuparse de la complejidad de la política ni de nada que no sea su trabajo». No leen -se nutren de la radio para sus conocimientos políticos-, y «solo hay una cosa que les permite evadirse: los deportes televisados».
Así que los medios no están tan lejos de sus lectores, esa élite liberal que sí acude a ellos para informarse. Que los sondeos se equivocaron con Trump es un mito: daban una mínima victoria a la demócrata Hillary Clinton, y de hecho ganó en voto popular. Como también es un mito que los medios no cubrieron el fenómeno Trump. Lo hicieron, y en exceso. Precisamente el intento de la prensa de compensar el intenso escrutinio de su campaña hizo que amplificaran informaciones relativas a Clinton que luego resultaron intrascendentes. Según una convincente investigación de Nate Silver, lo que le costó la presidencia a Clinton fue la carta que hizo pública el entonces director del FBI once días antes de las elecciones.
«Es habitual que la gente guste de recriminar a la prensa por no haber hecho esto o lo otro, o por ocultar esta u otra información. Por supuesto, casi siempre se refieren a asuntos de los que tienen conocimiento gracias a los medios», ironiza Salazar.

«Incansables»

Si de algo ha servido la sacudida del caso Trump, esa sensación de que algo falló, ha sido para que los medios hayan decidido ser «más agresivos, más inteligentes, más profundos e incansables», en palabras de David Remnick, director de «The New Yorker». El diario «The New York Times» ha duplicado el número de periodistas que cubren la Casa Blanca. El 80 por ciento de la cobertura sobre Trump durante los 100 primeros días ha sido negativa, y sobre el presidente planea la sombra de la destitución por las constantes informaciones periodísticas sobre la «trama rusa». Las suscripciones a los medios se han disparado, y también el interés por la información de calidad.
Puede que Trump esté haciendo el periodismo grande otra vez.
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