Papa: “Aférrense a la fe ante las guerras y el odio”

CIUDAD DEL VATICANO. En un improvisada homilía por el Domingo de Pascua, el papa Francisco animó a los fieles a mantenerse firmes en la fe con sus “corazones temerosos” a pesar de todas las guerras, enfermedades y odio en el mundo, reconociendo que muchos se preguntan dónde está dios entre tanta maldad y sufrimiento.
Decenas de miles de fieles desafiaron las fuertes medidas de seguridad y a un breve aguacero para conseguir un lugar en la plaza de San Pedro para la misa del Domingo de Pascua oficiada por el pontífice en las escaleras de la basílica de San Pedro.
Tradicionalmente, la misa de Pascua no incluye la homilía del papa, que se reserva sus reflexiones para la bendición “Urbi et Orbi”, un mensaje solemne “a la ciudad y al mundo” que se ofrece a mediodía desde el balcón central del templo.
Pero Francisco rompió la tradición con un improvisado discurso para tratar de responder a lo que describió como una inquietante duda para muchos fieles: 
Por qué hay tantas tragedias y guerras en el mundo si Jesús resucitó de entre los muertos, una creencia que los cristianos celebran cada Pascua. La Pascua “no es una fiesta con muchas flores”, dijo el pontífice argentino. AP

El papa Francisco recordó el rostro de madres "que lloran por ver cómo la vida de sus hijos queda sepultada bajo el peso de la corrupción" y la burocracia que no "permite cambiar las cosas", en la homilía que pronuncio en la misa de la Vigila Pascual que celebró en la basílica de San Pedro.
En una de las ceremonias más sugestivas y cargadas de simbolismos en la tradición católica, en que se celebra la espera de la Resurrección, Francisco comenzó recordando el dolor y el desánimo de las mujeres que acudieron al sepulcro de Jesús.
"Y si hacemos un esfuerzo con nuestra imaginación, en el rostro de estas mujeres podemos encontrar los rostros de tantas madres y abuelas, el rostro de niños y jóvenes que resisten el peso y el dolor de tanta injusticia inhumana", señaló el pontífice.
"Vemos reflejados en ellas -agrego- el rostro de todos aquellos que caminando por la ciudad sienten el dolor de la miseria, el dolor por la explotación y la trata".
En su homilía también citó "el rostro de aquellos que sufren el desprecio por ser inmigrantes, huérfanos de tierra, de casa, de familia; el rostro de aquellos que su mirada revela soledad y abandono por tener las manos demasiado arrugadas".
Mencionó además el sufrimiento de las madres "que lloran por ver cómo la vida de sus hijos queda sepultada bajo el peso de la corrupción, que quita derechos y rompe tantos anhelos, bajo el egoísmo cotidiano que crucifica y sepulta la esperanza de muchos, bajo la burocracia paralizante y estéril que no permite que las cosas cambien".
Para Francisco, el dolor y el rostro de esas mujeres son "el rostro de todos aquellos que, caminando por la ciudad, ven crucificada la dignidad".
El pontífice argentino lamentó que "estamos acostumbrarnos a convivir con el sepulcro, a convivir con la frustración" aunque, dijo, "nuestro corazón sabe que las cosas pueden ser diferentes".
Entonces Francisco habló de la esperanza que trae para los católicos la "Resurrección de Cristo" con la que quiere "hacer saltar todas las barreras que nos encierran en nuestros estériles pesimismos".
Para el papa, la "Resurrección" puede hacernos superar "nuestros calculados mundos conceptuales que nos alejan de la vida, en nuestras obsesionadas búsquedas de seguridad y en desmedidas ambiciones capaces de jugar con la dignidad ajena".
Invitó entonces a los fieles a, cómo hicieron las mujeres que descubrieron el sepulcro vacío, ir a la ciudad, "anunciar la noticia" y dar esperanza.
"Vayamos a todos esos lugares donde parece que el sepulcro ha tenido la última palabra, y donde parece que la muerte ha sido la única solución. Vayamos a anunciar, a compartir, a descubrir que es cierto: el Señor está Vivo", instó a los fieles.
"Vivo y queriendo resucitar en tantos rostros que han sepultado la esperanza, que han sepultado los sueños, que han sepultado la dignidad", agregó.
Y recordó a los fieles que si no son "capaces de dejar que el Espíritu los conduzca por este camino", entonces "no son cristianos".
El papa Francisco tachó hoy de "vergüenza" las "imágenes de devastación, destrucción y naufragio que se han convertido en ordinarias" en el mundo actual, tras presidir orante y en silencio el rito del Via Crucis en un Coliseo romano blindado.
"Cristo, nuestro único salvador, regresamos a ti también este año con la mirada baja de vergüenza y el corazón lleno de esperanza. Vergüenza por todas las imágenes de devastación, de destrucción y de naufragios convertidas en ordinarias en nuestra vida", lamentó.
Francisco, ante 20.000 fieles según la Santa Sede, denunció "la sangre inocente que cotidianamente es derramada de mujeres, niños, inmigrantes y personas perseguidas por su color de piel, pertenencia étnica o social o por su fe" en Jesús de Nazaret.
También tuvo palabras de crítica hacia la propia Iglesia, por "las veces que nosotros, obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas, hemos escandalizado y herido tu cuerpo y hemos olvidado nuestro primer amor, nuestro primer entusiasmo y nuestra total disponibilidad".
También arremetió contra "el silencio ante las injusticias" y denunció "las manos perezosas en el dar pero ávidas a la hora de arrebatar y conquistar" o los "pies veloces en la vía del mal y paralizados en la del bien".
Francisco reclamó que la "cruz transforme nuestros corazones endurecidos en corazones de carne capaces de soñar, de perdonar y de amar", que convierta "esta noche tenebrosa en alba fulgurante de la resurrección" de Cristo.
"Te pedimos que rompas las cadenas que nos mantienen aprisionados en nuestro egoísmo, en nuestra ceguera voluntaria y en la banalidad de nuestros cálculos mundanos", oró el pontífice.
Francisco de este modo puso fin al sugestivo rito del Via Crucis, que consiste en el recorrido de la cruz desde el interior del Coliseo hasta la colina del Palatino, donde se encuentra el papa, para simbolizar el escarnio y muerte de Jesucristo.
El papa llegó en torno a las 21.00 locales (19.00 GMT) a la colina del Palatino, próxima al Anfiteatro Flavio, y fue recibido por la alcaldesa de la capital, Virginia Raggi, con quien conversó unos instantes.
La zona fue blindada con un férreo dispositivo de seguridad por la amenaza terrorista, en el que se sucedieron los controles y por el que los principales accesos a los alrededores del Coliseo fueron cortados al tráfico y bloqueados con grandes coches policiales.
Desde el Palatino, con una cruz conformada por velas a sus espaldas, Francisco asistió en profundo recogimiento al recorrido del crucifijo, que este año estuvo acompañado por las meditaciones de la teóloga francesa Anne-Marie Pelletier.
La cruz fue portada por el cardenal vicario de Roma, Agostino Vallini, pero también por otras personas como un discapacitado, dos estudiantes, una familia así como por laicos y religiosos como los dos frailes franciscanos de Tierra Santa, uno de ellos argentino.
Pero también por fieles procedentes de algunos de los países que el pontífice visitará este año, como Egipto, Portugal o Colombia, y otros a los que planea viajar, como India.
En las meditaciones, Pelletier equiparó el calvario de Cristo con situaciones actuales, con "todo lo que hoy clama a Dios desde las tierras de miseria o de guerra, en las familias desgarradas, en las cárceles, en las embarcaciones sobrecargadas de emigrantes".
Tuvo también palabras para las mujeres, cuyo llanto "no falta nunca en este mundo" en el que, recordó, "hay mucho que llorar".
"El llanto de los niños aterrorizados, de los heridos en el campo de batalla que llaman a su madre, el llanto solitario de los enfermos y moribundos en el umbral de lo desconocido", apuntó.
Y es que, recordó la biblista en sus reflexiones, "son innumerables los hombres, las mujeres, incluso los niños violentados, humillados, torturados, asesinados, por todas partes y en todas las épocas de la historia".
El rito del Vía Crucis fue instaurado en 1741 por orden de Benedicto XIV, aunque su práctica cayó en el olvido con el paso del tiempo, hasta que se retomó en 1925.
No fue hasta el año 1964 cuando el pontífice y beato Pablo VI eligió para acoger esta ceremonia el Coliseo o Anfiteatro Flavio, símbolo de la persecución de los primeros cristianos en época romana.
Se trata de una de las celebraciones más esperadas de la Semana Santa romana, que proseguirá mañana con la Vigilia Pascual y con los actos del Domingo de Resurrección.

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